domingo, 25 de agosto de 2013

MIMOS…

“La obra escrita y publicada conmina (a mi entender) al autor a silencio… a callar. Y heme aquí, violando una convicción que siempre me sostuvo…”
(Dentre -  Juan J. Manauta)



Mi mamá me mima… creo que es lo primero que leí en un libro en ese lugar sagrado que fue la escuela. Es romántico y dulce recordar a la distancia del tiempo el primer día de clases, pero todos sabemos lo duro que resulta esa primera vez.
Mi mamá me mima… una frase tan pero tan sencilla, y tan pero tan grande.
Recuerdo lo traumático que fue aquél primer día de clase. Y lo duro que fueron los primeros meses. Era cortar otra vez el cordón umbilical. Era desprenderme de los brazos seguros de mamá y caminar solo hasta el aula. Era arrancar en jirones los lazos suaves de la contención y el amparo para ir hacia la inseguridad de lo desconocido.
Ese dolor se llama crecer, lo supe después, claro… después de otros tantos dolores.
Un salón de actos lleno de gente. Yo con guardapolvos almidonado, e impecablemente blanco. Un peinado que mamá lo quiso sellar para siempre con dos kilos de gomina. Sonrío, pues hoy los más chicos no deben saber qué es la gomina… pero por entonces era el fijador oficial de todos los que luchábamos cuerpo a cuerpo cada mañana de cada día contra nuestras cabelleras rebeldes.
El acto duró lo que un suspiro… mis oídos apenas distinguieron sonidos, recuerdo aquél momento como un gran murmullo. Todo el tiempo estuve mirando a mamá de reojo. Por fin la maestra dijo vamos, y en fila agarramos para el aula… no pude evitarlo, un segundo antes de perderme en el pasillo, me di vuelta para mirar a mamá… ella se secaba las lágrimas pero tuvo tiempo para decirme con su mirada que todo iba a estar bien.
Y yo le creí.
Hice todo ese esfuerzo que un chico de 6 años puede ser capaz de hacer, para no llorar.
Y pude.
Me senté en un pupitre cerca de la puerta. Tal vez como conjuro, con la esperanza incómoda de escapar. El pizarrón era un enorme cuadro negro, enorme y negro, como mis miedos. Más tarde la maestra lo decoró con una tiza blanca. Un algo de esperanza amaneció.
Pasaron los meses, pasaron más rápidos que mis miedos. Por eso, encontrarme en el libro de lectura con un: “Mi mamá me mima”, fue un bálsamo para mi alma quebrada de soledad entre las cuatro paredes del colegio enorme que luego supe querer.
Esos primeros dolores de crecer, que dejan huellas imposibles de borrar.
Claro que la educación cambia con los tiempos… en realidad los tiempos cambian y la educación se acomoda a los vientos nuevos de los tiempos nuevos.
Lo digo, pues mi abuelita, la que murió abrazada a la estampita de la abanderada de los pobres, me contaba que lo primero que leyeron sus hijas en la escuela fue: “Mi hermana y yo amamos a mamá, papá, Perón y Evita”…
Digo, porque hay ciertas cosas que olvidan aquellos que vociferan “¡¡gorila!!”, como conjuro impotente de sus propios y profundos miedos, ante cualquier opinión en contrario a las políticas populistas de morondanga.
La historia se repite. Es conocida la frase de  Marx que dice: “la historia se repite una vez como tragedia y luego como farsa”. ¡Y eso que don Marx no conoció a los Kirchner eh!
En éstos días, navegando las aguas crispadas de Internet, di con un página donde uno pude hacer el siguiente juego: Poner su día de nacimiento, y ver las tapas de los diarios de ése día. Así que puse mi fecha de nacimiento, y reconozco que al poner el año me corrió una extraña sensación parecida a una negación sutil pero tangible por la edad de mis huesos… esperé unos segundos y apareció la tapa de Clarín. El día que nací, la tapa de Clarín informaba con preocupación el índice de inflación y los números de la economía nacional. También informaba sobre un foco guerrillero en Tucumán. Otras noticias decían que se inauguraban oficialmente las obras del dique Cabra Corral en Salta... pasaron mucho más que 40 años desde aquella tapa del diario que informaba a su modo un país y una realidad.
En todo ese tiempo, y por suerte, alguien se encargó de que no haya más terrorismo en Argentina... ahora, los que tenían que encargarse de la inflación y la economía, todavía están en veremos... los tiempos cambian… pero algunas cosas no tanto.
Uno crece… y muchos de los mimos cambian. Los únicos mimos que no cambian son los de una madre. Esos mimos se guardan para siempre en el arcón especial de las cosas únicas.
Y a mí, que hace mucho tiempo me siento frente a la computadora a batallar contra la rutina de la pantalla en blanco, con la esperanza intacta de agasajar al lector que no conozco, con la inquietud de estar cada domingo a la altura de las circunstancias, me toca hoy hacer referencia a ciertos mimos que he recibido a lo largo del tiempo y a los que tal vez no he agradecido debidamente.
Son mimos que curan el desgano de ciertas noches, son mimos que ayudan para arrancarle un párrafo a la página en blanco. Son mimos que acarician el alma y nos dicen… “hey, aquí estamos nosotros…”
Son mimos que dicen gracias, Son mimos que dicen “ojo”, como advertencia sana.
Es verdad, una lectora me hizo volver sobre mis pasos esta semana. Un día atosigado en el trabajo, entre teléfonos que suenan y gente que espera en una oficina donde la locura reina a sus anchas por sobre nuestra cordura supuesta.
Esa realidad de locura que cada día nos lleva en andas se cortó de repente una tarde de esta semana con un llamado. Atiendo. Una voz dulce al otro lado del teléfono pregunta por mí, es muy raro cuando alguien pregunta por mí, escuchado cuando atiendo yo.
Raquel me llama para contarme sobre lo que le escribo… me describe esa magia de sentimientos o pensamientos de uno, firmados por otro. La entiendo perfectamente, pues a mí también me pasa un montón de veces.
Y entonces Raquel me convence. Pues como ella, otros muchos me han escrito o me han llamado o me han parado por la calle. Sí, para muchos de ustedes “soy el señor que escribe”.
Mi timidez contumaz ha sido siempre superior a mí, pero hoy hago un esfuerzo para vencerla y detenerme unos minutos para gradecer los mimos de ustedes, lectores de cada domingo. Aprovecho este momento y este lugar y este domingo para decirles “gracias” a cada uno de ustedes, que cada domingo se toman el trabajo de perder diez minutos en esta columna.
Sepan que cada vez que me siento aquí frente a la máquina por las noches, o en ciertas mañanas de sábado, nunca pierdo de vista que allí, del otro lado, están ustedes.
Y que cada palabra de cada historia,  solo cobran sentido cuando usted las toma y las hace propias, o las discute con el prisma de su criterio.

De encuentros y desencuentros respetuosos… de eso va la vida también.

Horacio R. Palma
El Día de Gualeguay
Gualeguay
Entre Ríos

2 comentarios:

Anónimo dijo...

GENIAL!!!!!!!!!!!!!!!!Como todo lo que escribís.....Te felicito!!!!!!!

Maria Elena Mendez casariego dijo...

BUENISIMO HORACIO !!!!! SIEMPRE ME EMOCIONO CUANDO LEO TUS NOTAS !!!!! TAN BIEN EXPRESAS LO QUE UNO SIENTE O SINTIO !!! GRACIAS !!!!