domingo, 24 de junio de 2007

PARA LOS UNOS...Y PARA LOS OTROS



PARA LOS UNOS
Puedo escribir los versos más tristes este domingo…o los más alegres.
Y aún así, alguien tomaría el teléfono, o la computadora, o hasta quizás se tome el trabajo de escribirme una carta, o atenta y delicadamente me pare por la calle para decirme, “Horacio, dejá de escribir pavadas, y ponete a escribir cosas serias”.
Y entonces uno, con esa falta de carácter típica de las personas que se afanan por esconder su profunda e irremediable timidez, tras las letras punzantes escritas en algún oscuro rincón de un Semanario de provincia…o que desangra su complejo en algún escrito presuntuoso de poesía; entonces uno, y cuando digo “uno” me refiero sólo a mí, se pone a pensar “por qué” de pronto se sube al frondoso árbol de la melancolía, y busca en lo más alto el fruto más dulce de los recuerdos. O se pregunta por qué extraño sortilegio, la nostalgia dulce de los recuerdos amontonados, nos ha sacado de los temas mundanos (que nos fascinan con fatal realismo), para arrastrarnos a las profundidades de los sentimientos, donde enmudecen las noticias estridentes.
Y entonces uno se relee y dice, “se dice”, ¡la pucha, pero si tienen razón!…el mundo se desangra en mis narices, Argentina corre frenética hacia el mismo abismo de siempre, empujado por los mismos fantasmas de siempre…y yo me hago el distraído escribiendo sobre aquellos recuerdos dulces de tiempos tan lejanos como irremediables.
Pero pienso: Puedo escribir las crónicas políticas más preclaras este domingo, o comentar la noticia última…y aún así, alguien tomaría el teléfono, o la computadora, o hasta quizás se tome el trabajo de escribirme una carta, o atenta y delicadamente me pare por la calle en una tarde lluviosa, esas tardes en que la melancolía decide engañar a la siesta con algún desvelo, o me susurre una noche, en esas noches en que un recuerdo imborrable nos arrastra a la infidelidad de la charla furtiva, y me diga: “Horacio, desde que escribís de política, no te leo más”.
La eterna insatisfacción, en tiempos donde la satisfacción se vende por dos pesos en todos los kioscos de la esquina. El dilema complejo de saber que alguien quedará fuera de estas letras. Siempre. Y como no puedo con mi genio, apelo a esta especie de demagogia para intentar satisfacer a los unos, y a los otros. Escribo en dos mitades.
Uno (que tiene el raro privilegio, la extrema responsabilidad, o la suerte inexplicable de conseguir que alguien se tome cinco minutos de su vida para leer nuestras cosas), cuando toma conciencia que detrás de cada palabra escrita cada domingo, que detrás de cada mínimo comentario publicado, hay una insatisfacción que espera consuelo, se desvela por complacerla.
Imagino entonces la búsqueda de cada uno de ustedes frente a esta página dominical. Ávidos algunos de encontrar el grito de protesta que quieren gritar y no pueden. O no se animan. O no saben. Ávidos otros, de encontrar en estas letras algún aplauso que ustedes quisieran dar ante algo que los ha conmovido. Ávidos los demás de recuerdos ajenos, a los que sumarse, encontrarse. O reconocerse.
Y cuando imagino entonces esa búsqueda de los lectores de cada domingo, me esmero para intentar complacerlos. Sí, soy consciente que nunca se puede complacer a todos. Al menos al mismo tiempo. Pero no importa. Lo intento.
De todas maneras, siempre estuve preparado, mucho más que para la insatisfacción transitoria de mis pocos lectores, para la satisfacción definitiva de irme a la cama con la tranquilidad de haber hecho las cosas de manera responsable.
Uno siempre debe estar preparado para sorprenderse. Sorprenderse con la noticia más amarga. O con el recuerdo más dulce. Porque uno nunca sabe en qué momento aparece el recodo de la noticia que apasiona…o el recuerdo de aquella sonrisa única, por la que un día, en aquella patria inexpugnable de los buenos recuerdos, uno perdió la razón… y se enamoró, quizás para siempre. Y tal vez, sin saberlo.
Estar preparados y atentos para atraparlas. Y sorprendernos. Y sorprender.
PARA LOS OTROS
Al principio parecía un rasgo simpático de un carácter particularísimo. Nada de protocolo. El saco del traje eternamente desprendido, hacer malabares con el bastón presidencial...un nene.
Luego, estos particulares rasgos de tan “simpático” personaje, comenzaron a preocuparnos.
Sus berrinches con tendencia a la iracundia contumaz. Sus desvelos por el poder absoluto. Sus intromisiones en los otros poderes. Sus coléricos arranques desde los atriles amistosos del oficialismo, (o desde los atriles sumisos de cierta oficialidad traidora). O desde los palcos, rodeado de su populosa masa gritona, esa que convoca el “tetra” y el choripán. O los subsidios.
Pero un día se cayó la máscara: Que si me silban me voy. Que si protestan no voy. Que si hay poca gente no salgo del Calafate, Que si me critican, no hay pauta publicitaria.
Una vez, resultó simpático. Dos veces, llamó la atención. A la tercera, nos preocupamos. Pero ahora, medio país está alerta. Abrió los ojos. Y hace bien.
De todos modos, él sigue empecinado en la prepotencia del “qué me importa”.
La mayor tragedia de jóvenes, ocurrida un fin de año en Cromañón, lo sorprendió en su residencia palaciega de El Calafate, y él ni se inmutó. ¿A mí por qué me miran? Primera “lavada de manos”.
Claro que el cocorito, mientras se lava las manos, grita. “NO LES TENGO MIEDO”…
Y se lavó las manos con el escándalo de narcotráfico de Southern Wings, y con el escandaloso manoseo de cifras en el Indec, y con las denuncias de coimas en el Enargas, y con los piqueteros de Gualeguaychú, que manejan desde hace un año la política exterior entrerriana y nacional, y que han arrastrando al país a un conflicto diplomático con los hermanos Uruguayos; y con los que queman estaciones de trenes, y con los mineros que murieron en las minas de su Santa Cruz, y con los que asesinaron como a un perro al oficial Sayago, y cuando sus sátrapas amigos pierden sus ansias de reelecciones indefinidas. Y se lava las manos cuando sus gremialistas se tirotean a mansalva en San Vicente. Y se lava las manos con la inseguridad, y con los secuestros, y con los viejos que nos matan por cien pesos, y con los héroes de Malvinas, y con la legalidad del aborto, y con el conflicto docente que azuzó su propio Ministro de Educación, al anunciar un aumento que muchas provincias no pueden pagar.
“Y a mí, ¿por qué me miran?”, nos dice el Presidente, desde su escondite imperial en El Calafate, una especie de Anillaco, pero modelo 2.007.
“Argentina, un país en serio”. Pero todos sabemos, a esta altura de los acontecimientos, que Argentina no es ni la sombra de un País en serio.
La democracia de nuestro Presidente es la democracia según Pilatos.
Pilatos no encontraba culpa en aquel Jesús que le habían llevado para que lo juzgara.
Pilatos no sabía qué hacer, pues en el fondo, Pilatos debe haber intuido su inocencia. Pero político al fin, hizo traer a Barrabás, pues era costumbre regalar al pueblo un poco de circo.
Y entonces lo sabido: Llevó a Jesús y a Barrabás ante la muchedumbre, y pidió a la gente que dijera a cuál de los dos quería libre.
-¡A Barrabás! -gritó con una sola y enorme voz la turba popular.
Y así Pilatos se lavó las manos, en las aguas sucias del populismo.
Nadie sabe si Pilatos mandó luego a poner este cartel: “Roma, un imperio en serio”.
Hoy Kirchner, al igual que entonces Pilatos, tras un poco de circo para la muchedumbre, se lava las manos en las aguas sucias del populismo, y siempre, en nombre de la democracia.
“Qué gran invento eso que los griegos llamaron Democracia”... debe haber pensado Pilatos cuando dejó que el pueblo eligiera por él. Y lo mismo debe pensar Kirchner desde su refugio palaciego de El Calafate…Que gran invento esto de que “el pueblo siempre tiene la razón…” Porque la voz del pueblo nunca se equivoca ¿O sí? No, definitivamente Argentina no es un país en serio. Si Argentina fuera un país en serio, tendría un Presidente con las manos limpias, y no un Presidente que se lava las manos.

LA INOCENCIA PERDIDA



“Recuerdo que entonces reías - si yo te leía - mi verso mejor - y ahora, capricho del tiempo, - leyendo esos versos - ¡lloramos los dos!...”


(Pedacito de Cielo – H. Expósito)


Y así, como quien no quiere la cosa, se va esfumando el verano.
Me refiero al verano vacacional y no al verano de estación. Éste, seguramente se resistirá un tiempo más, estoy seguro de eso. Apuesto a que tiene aún guardado en la manga, me refiero al verano, algunos días pesados de calor, que seguramente nos los obsequiará para los tiempos en que comiencen las clases. Bueno, si es que los docentes entrerrianos no deciden comenzar las clases en invierno, claro.
De a poco, todos volvemos a nuestras tareas habituales, y yo (esto me lo acaban de secretear las musas), volveré irremediablemente a mis escritos menos poéticos, esos que padecen la enfermedad grave de la realidad.
Claro que cuando hablo de “escritos poéticos” no quiero decir, ni mucho menos presumir, que algunos de mis escritos contengan poesía. Es sólo una manera poética, si se me permite la expresión, de llamar a los escritos más románticos que se me sueltan en los días solitarios del verano. Porque sí, es la soledad, presiento, la que me hace brotar ciertos temas peliagudos de mis adentros.
Lo más profundo que he buceado, ahora que hago memoria, han sido las profundidades de los ojos azules de un amor correspondido. Y no voy a negar aquí lo innegable: varias veces estuve a punto de zozobrar, y perecer ahogado en esas azules profundidades. Aún así, yo sé que valió la pena. Tampoco voy a negar haberme sumergido, en otros tiempos, a bucear profundidades más oscuras. Allí me fue peor. Pero al menos lo intenté.
Me sucede que a veces, cuando releo las cosas que he escrito en los veranos solitarios, me digo: “Hey, también está bueno tomarse un tiempo, huir de la realidad brutal, y ponerse a bucear en las aguas profundas de uno”. Que muchas veces son, con distintas profundidades, las mismas aguas de otro. Porque en definitiva, todos somos distintos, pero en el fondo, no tan distintos. Siempre aparece alguien representado en las vivencias de uno. Y sólo eso, es suficiente para justificar el delirio de nuestros “decires”.
Pero la realidad se impone siempre, inevitable, cómo negarlo, y termina por sacarnos de prepo la poesía. De todos modos, no creo que la excusa de la realidad sirva para justificar nada…y cada vez que termina mi verano solitario, me prometo tomarme durante el año, el tiempo necesario para escribir sobre cosas menos mundanas que la realidad política o económica de este país irremediable. Y como siempre, cada año, tiro por la borda mi credo, quiero decir que olvido mis autopromesas, y termino embarullado, casi sin darme cuenta, en los laberintos de la cotidianeidad.
PERDER LA INOCENCIA
Recuerdo el momento exacto en que perdí la credulidad ciega. Yo tenía ocho años. Mi tía María Elena nos había llevado al Luna Park a ver Titanes en el Ring. El mítico Palacio de los Deportes, enclavado allá en el bajo de la Ciudad de Buenos Aires (recientemente declarado Patrimonio Histórico de la Ciudad), recibió aquél sábado de julio, una cantidad impresionante de chicos ansiosos y desaforados por las vacaciones invernales… cuando recuerdo aquello, recuerdo también la genial poesía de don Expósito “los años han pasado, terribles, malvados…”.
No sé que extraño sortilegio atrapa la fantasía de uno, ante esa especie de súper héroes enmascarados luchando a brazo partido sobre un ring encordado de sueños.
Siempre es igual, la lucha eterna, Caín y Abel. Los buenos contra los malos. El bien y el mal luchando por imponer justicia.
Yo estaba aquella tarde fría de julio ahí nomás, en segunda fila…y entró él, el gran Martín Karadagián, que era chiquito pero yo lo veía enorme, como enormes eran por entonces mis sueños. Un racimo jubiloso de chicos traía el gran Martín a la rastra. De un salto subió al Ring, saludó con su saludo inconfundible, levantando su mano derecha de canto, se quitó la bata y comenzó a hacer movimientos de precalentamiento. Y entonces las luces más bajas, y Jorge Bocacci, el insuperable maestro de ceremonias de los Titanes de mi infancia, anunció con voz grave al Gitano Ivanoff… “Gitano te portas muy mal, pegar a traición no es pegar…” cantaban los parlantes del Luna. Todo el circo de la vida en un cuadrilátero. El bien y el mal entre las cuerdas. También mis recuerdos.
Y comenzó la lucha, y mi corazón a mil y mis gritos de aliento a Martín Karadagián, que comenzaba la lucha perdiendo casi por paliza. Siempre era igual, Rocky Balboa no inventó nada, todo eso lo inventó el gran Martín Karadagián.
Fue entonces cuando sucedió aquello que me robó gran parte de mi credulidad. Karadagián boca abajo con gesto indisimulado de dolor. El Gitano, con su gorda rodilla en la espalda del Campeón, y con sus dos brazos haciendo palanca sobre el brazo derecho de Karadagián… que a pesar de todo no se rendía, porque por eso era el Campeón Mundial. William Boo, el peor árbitro del mundo, como siempre, del lado de los malos, se hacía el distraído ante todas las trampas del Gitano contra Martín.
Y entonces, el Gitano que se levanta, y nos mira con esa cara de malo y nos pregunta con gestos “¿quieren que lo pise al Campeón?. Yo bajé instantáneamente la mirada, miré fijamente los ojos doloridos de Karadagián, que se retorcía de dolor. “Que se levante, que se levante, por favor, que se levante” pedía yo por lo bajo, como en letanía. Y adiviné que todo el estadio pedía lo mismo. Entonces sucedió…el Gitano levantó alta su rodilla gorda y con su bota apuntó a la mano de Martín…y yo lo vi. Vi cuando el Gitano tiró el pisotón, pesado, sobre la lona sucia del Ring. Y vi que el pisotón cayó al lado de la mano de Martín, justo al lado… “le erró, le erró, lo vi… ¡le erró!”, pero Martín se retorció igual de dolor. Entonces fui testigo del engaño. Lo vi con mis ojos de chiquilín. El pisotón actuado del Gitano Ivanoff, el gesto actuado de dolor del gran Martín Karadagián, me robaron de cuajo la ciega credulidad. Fue en julio. Hacía frío.
Y desde entonces mi escepticismo ha crecido al compás de los años. Claro, la vida ha sido mucho más cruel con mi credulidad, que aquella entrañable actuación del memorable Martín Karadigián. Y haciendo ahora un repaso de algunas de todas las incredulidades que me contagió la vida, me doy cuenta que son innumerables. Ya no creo en los dolores actuados, ni en aquellos que me dicen “después te llamo”, “no hay problema”, “después nos vemos”. No creo en los que hablan bien de los que ya están muertos, ni en los que me palmean la espalda, ni los que me hacen promesas de aquí a diez años, ni en los juramentos de amor eterno, ni en las promesas electorales, ni en los que dicen que no creen, ni en los que dicen que confían ciegamente, ni en los que no miran a los ojos cuando hablan, ni en los que sonríen de compromiso, ni en los que dicen “mañana pago yo”, “después arreglamos”, “mañana lo vemos”, “tal vez mañana”, “yo te lo dije”, “yo ya lo sabía”, “me lo imaginaba”, “te lo juro”, “te lo digo sinceramente”, “con la mano en el corazón”…y podría seguir cien hojas más. Por suerte, la vida me ha enseñado a creer en cosas más sencillas. En esas cosas sencillas que se dicen casi sin palabras. Con una mirada, con un beso, una caída de ojos, con una caricia justa, en un perdón que suena sincero porque llega hasta el alma, o un “te quiero a pesar de todo”, o un recuerdo especial que yo ya había olvidado. “La casa tenía una reja - pintada con quejas - y cantos de amor. - La noche llenaba de ojeras - la reja, la hiedra - y el viejo balcón... ¡Y hoy quieres hallar como entonces - la reja de bronce temblando de amor!...” escribió el genial Homero Expósito. ¡¡Ay Horacio, si eso es lo que quieres, entonces… estás perdido!!