sábado, 7 de junio de 2008

¿Quién me manda a escribir?

Palma, Palma…¿QUIÉN TE MANDA A ESCRIBIR?

Hay escritores que enturbian las aguas para que parezcan profundas” (Nietztche)
Y aquí estoy. Son las seis y media de la mañana. Es sábado y… como desde hace mucho tiempo, me encuentro abocado a la rutina ésta de estar sentado frente al teclado. Yo lo miro con cierta ansiedad. El me mira con su mirada cómplice de letras y signos. Nos miramos. Le sonrío. Nos conocemos de casi toda la vida. Nos presentó hace mucha vida, una señora de apellido Quintana, a la que toda la vieja Escuela Superior de Comercio Celestino Marcó conocía por su apodo: “La Carancha”.
Voy a contar aquí una infidencia, que es infidencia pero es también una anécdota. Y la voy a contar con todo respeto y también, ¡cómo negarlo!, con cierta emoción, pues todos los protagonistas están hoy fallecidos. Corrijo. Todos no. Todos menos yo, claro. Que si bien estoy a estas horas medio muerto, confío en resucitar a media mañana.
Cuando ingresé a la Escuela de Comercio de Gualeguay, nunca imaginé que una vieja rencilla pueblerina me iba a recibir a los cachetazos. Pero así fue, y los estertores convulsivos de un viejo rencor mal curado, me sacudieron aquel año en la clase de Contabilidad de la profesora Quintana.
“La Carancha” daba por entonces clases de contabilidad y mecanografía. “Palma Palma…” fueron las dos primeras palabras que le escuché decir, y sus palabras retumbaron graves, en la inmensidad del aula de la vieja Escuela de Comercio.
Designios familiares paternos cargaron en mi familia el orgullo sincero y enorme por la profesión de las partidas dobles, los asientos contables, las conciliaciones bancarias, los balances y toda esa parafernalia con que los Contadores (que insisten en hacerse llamar “Públicos” aunque sean recontra privados) combaten a brazo partido esa oscura batalla por hacer que las cuentas se “rindan” en buenos términos.
Mi abuelo Santiago fue el primer Contador Público de Gualeguay, Presidente del Banco Entre Ríos y por muchos años, profesor de Contabilidad en la Escuela de Comercio. Mi viejo también fue Contador, y aunque era primero Horacio, también era Santiago. Y mi hermano Santiago siguió las dos sagas familiares. La del nombre y la de la contabilidad. Tres generaciones, un nombre, una sola profesión, y la misma ciudad. Gualeguay.
Bien recuerdo que ni bien escuchó mi viejo el apellido Quintana, me advirtió… “estudiá mucho contabilidad”. Al principio no entendí. Tiempo después supe que una vieja disputa entre mi abuelo Santiago y la profesora Quintana, era la culpable del persistente encono de “la Carancha” para conmigo, encono que me llevó derechito a los exámenes de marzo. Por suerte la historia del encono concluyó allí, en los exámenes de Marzo. Mi viejo pidió un veedor del Consejo Profesional del Ciencias Económicas para mi examen, y yo aprobé contabilidad de segundo aquella mañana calurosa de marzo, con los nervios y los pelos de punta, y observado de cerca por Humberto Vico, Horacio Telenta…y la “Carancha”.
Aquél suceso me avisó mucho sobre el intrincado mundo de los adultos. Y desde entonces me acompaña el buen consejo de la cautela, cada vez que me asomo a mirar ese mundo. Nunca supe bien qué rencores tan grandes con mi abuelo Santiago habían avivado tantos años el enojo de la profesora Quintana para con “los Palma”. Vaya uno a saber, pero de todos modos, tal vez queriendo o tal vez sin querer, también fue “la Carancha” quien me dejó uno de los mayores y mejores legados para ésta, mi gran pasión de escribir. Es que su severa técnica para que aprendiéramos a escribir con naturalidad en el teclado de las viejas máquinas de escribir Léxicon de la Escuela de Comercio, ha sido un legado que yo le agradezco cada día cuando me siento frente al teclado de la computadora. Como hoy.
No sé cómo será hoy en día. Pero en aquellos tiempos, cada uno de los alumnos de la Escuela de Comercio, teníamos la obligación de llevar nuestros “cubre teclados”: Una tapa de madera con dos patas rebatibles, que se ponían sobre el teclado de las máquinas de escribir para que ningún alumno pudiera espiar las teclas. Sea como sea, y más allá de los viejos rencores que nunca juzgaré, cada vez que me siento al teclado…y mis dedos bailan con naturalidad sobe él sin siquiera la necesidad de espiarlo, siento que le rindo una especie de homenaje a la severidad de la “Carancha”.


SARNA CON GUSTO…
Pero estaba hablando de otra cosa. Decía que son las seis y media de la mañana. Es sábado, y estoy sentado frente al teclado. Nos miramos. Le sonrío. Nos conocemos de casi toda la vida, y ahora ustedes saben quién nos presentó. Como todos los fines de semana, también éste es maratónico. Quienes tengan hijos adolescentes sabrán de lo que hablo. Llevé a mi hija a las doce a bailar, la fui a buscar hace un rato, y dentro de unos minutos tengo que llevar a mi hijo a un torneo de voley. Y entre medio de todo eso tengo que entregar la nota para el Semanario. “Y bueno, quién te manda a escribir”, me dijo una vez un amigo, tras algún comentario mío que supongo le sonó a queja.
Y entonces su pregunta me quedó dando vueltas en la cabeza. ¿Quién me mandó a escribir? pienso y pienso. Supongo que nadie me mandó a escribir. Pero estoy seguro que todo me llevó a escribir.
Eise Osman dice que “Escribir es un intento de definir un universo personal. Una forma de sentir, sufrir y expresar un mundo”. Y claro que escribir es eso. Uno escribe y cuando escribe, es uno y su circunstancia. Y escribe su mundo. El universo de uno.
Y uno escribe, sí, por esa necesidad existencial de gritar el mundo, que es el mundo de uno. Pero una cosa es escribir para uno y cosa bien distinta es publicar lo que uno escribe. Muchas veces a lo largo de todos estos años en el Semanario, digo, muchas veces me paré en esa molesta encrucijada de preguntarme: ¿quién me manda a escribir?
Porque uno escribe y describe su mundo. Pero luego las palabras vuelan y son de todos. Y entonces el mundo de uno choca contra otros mundos. Contra el mundo de los otros. Y entonces surgen las dudas y las dudas se hacen preguntas, y las preguntas nos embretan en molestos trances.
Todas las semanas, el mundo de mis palabras choca contra el mundo de los lectores. Y, claro, cuando yo escribo en la soledad de mi escritorio la intimidad de mi mundo, a veces no tomo conciencia de que e en pocas horas, ese universo mío saldrá por las calles de Gualeguay a encontrarse con otros. Y entonces ocurre. Los mundos se chocan.
“Sepa usted señor Palma, que su palabras…..” ¿quién me manda a escribir?.
“Señor director, ¿como puede escribir en el Semanario semejante energúmeno?... ¿quién me manda a escribir?
“Palmeta, sos un sorete mal parido…” ¿quién me manda a escribir?
“Palma, no te hagas el fino, si tu viejo era un muerto de hambre del barrio el Molino” ¿quién me manda a escribir?...
“Palma, sos un gorila resentido, dejá de defender asesinos y curas degenerados…” ¿quién me manda a escribir…?
“Palma, ya vas a ver cuando te cruce en la calle…” ¿quién me manda a escribir?
La verdad es que no tengo idea. Pero a pesar de los pesares, cada día me levanto con las ganas renovadas de pintar mi universo. De escribir, de sentir, de sufrir y de expresar mi mundo. Y está bueno que mis mundos choquen violentamente contra los mundos de otros. Y también está bueno cuando alguien me llama para agradecerme porque ese domingo, con las palabras con las que pinté mi mundo, también pinté el mundo parecido de otro.
También de eso se trata.

2 comentarios:

Claudio Carraud dijo...

Palma...¿quién te manda a escribir?... ahhh ya sé... la vocación!!!

Horacio Ricardo Palma dijo...

Sí...y la vocación al masoquismo mi invita a la insistencia.
Abrazo
Horacio