sábado, 17 de octubre de 2009

Amo a mi mamá


Yo se que mi vieja no necesita estas palabras.

Más bien creo que soy yo el necesitado de escribirlas.

En este domingo de octubre, en que el protocolo nos empuja la convención, yo tengo la suerte, ahora que lo pienso, de poder sacarle la lengua al día de la madre.

Hoy no estaremos juntos, juntos así como nos gusta a los dos. Abrazados.

Pero cada encuentro a lo largo del año, lo festejamos con abrazos y coronamos con besos el festejo.

Aprendí a decir mamá antes que ninguna otra cosa. Por suerte. Porque durante muchos años fue mi salvavidas para no hundirme en los mundanales mares de los problemas triviales de todos los días. Me bastaba gritar un mamá, para saberme a salvo.

El conjuro no falló nunca: Mamá!!, no puedo. Mamá!!, ayudame. Mamá!!, vení… por años no supe decir otra palabra.

¡¡¡Mamá!!!, y la vieja que aparecía de la nada para salvarme.

Tuve la suerte de crecer con ella a mi lado.

Tuvimos mucho, tuvimos poco. Tuvimos todo a veces, pero muchas veces no tuvimos nada… no importaba, yo sabía que con ella ahí, todo estaría bien.

Yo se que mi vieja no necesita estas palabras para saber que la quiero.

Tampoco necesita ya, aquél juego que jugábamos cuando chico: ¿Me querés mucho?. Sí. ¿Hasta dónde?. “Hasta un poco más alto que el cielo”...

La vieja me conoce de memoria. “Como si te hubiera parido”… dirá ella.

Hoy no estaremos juntos, juntos así como nos gusta a los dos. Abrazados.

Pero siempre estamos juntos, muy juntos desde acá, desde este corazón que a veces me estruja la distancia. Y sí, esa distancia es un pequeño dolor que yo burlo con el recuerdo de los abrazos de ayer… y es un dolor que endulzo, que trato de endulzar, con la esperanza del abrazo que nos daremos en unos días.

Ya lo estoy palpitando. Nos abrazaremos en un abrazo bien fuerte, un abrazo que nos llegará hasta el corazón, y con el que subiremos, como desde siempre, hasta un poquito más alto que el cielo.