
Después de ejecutar a los dos empleados del ingenio por “colaboracionistas del régimen”, bajaron como rayo la pequeña escalera. Abajo, todos corrían en dirección a los camiones que estaban en marcha y listos para partir.
Los comandantes guerrilleros dieron la orden de no cubrirse con lonas ni cañas, debían ir todos sentados en las cajas con las armas cargadas.
En el preciso momento que estaban hablando, se escucharon los gritos del tucu que suplicaba por su vida. La negra lo tenía de rodillas con la pistola en la nuca y le pedía que dijera la verdad.
- Habla, traidor hijo de puta, ¿nos vendiste, sí o no?, ¿Es una emboscada?, Habla o te quemo.
- Juro que me obligaron, no me mates por favor.
- ¿Cuántos son, hijo de puta?
- Hay como cien policías de la provincia y doscientos milicos, pero no saben nada de la toma, sólo rastrean la zona, lo juro, lo juro.
Hubo un instante eterno de silencio y luego se escuchó el ruido seco de la 9 mm. El tucu cayó de boca contra el suelo, y en pocos segundos un enorme charco de sangre le circundó la cabeza que yacía de lado, con la boca y los ojos bien abiertos. La enorme humanidad hasta recién suplicante, acababa de traspasar la oscura cortina hacia la nada, para siempre.
- ¿Estás loca negra?, Gritó el comandante, encolerizado.
- ¿Vos también estás en esa?, era lo que nos faltaba, un jefe cagón.
Esas palabras fueron fundamentales y trascendentes. La afrenta de la negra frente los demás guerrilleros, tuvo un sabor a desafío definitivo.
En esos eternos segundos se definió el poder de la Compañía de Monte.
La locura del vale todo se paseaba con perfume de muerte por entre los montes tucumanos.
Una certera ráfaga de plomo despedazó de a jirones el cuerpo convulsionado de la negra, la mejor de todas la guerrilleras del grupo. Sonó la metralla… y después de temblar y girar sobre un eje imaginario, la negra cayó de espaldas sobre la rechoncha carne muerta del tucu. Las moscas fugaron espantadas en el espeso aire caluroso del monte tucumano, para luego de un revoloteo loco volver a posarse sobre el charco tibio y rojo.
Otra vez la locura, pensaron los demás.
La negra susurró un ¿por qué? que sonó resignado y conmovido. Tosió ahogada en sangre, pero fue solo una última convulsión, como si alguien desde el más allá la hubiera echado del lugar que buscaba para siempre.
Otra vez la muerte. Otra vez alguien traspasando la delgada cortina entre la vida y la nada.
- Porque, acá mando yo, dijo a los gritos el comandante guerrillero de la Compañía de Monte.
Aquí mando yo…que frase tonta, pensaron en silencio los demás guerrilleros.
Y tenían razón… para esas alturas, entre los montes tucumanos: la única que mandaba, era la muerte.
Los comandantes guerrilleros dieron la orden de no cubrirse con lonas ni cañas, debían ir todos sentados en las cajas con las armas cargadas.
En el preciso momento que estaban hablando, se escucharon los gritos del tucu que suplicaba por su vida. La negra lo tenía de rodillas con la pistola en la nuca y le pedía que dijera la verdad.
- Habla, traidor hijo de puta, ¿nos vendiste, sí o no?, ¿Es una emboscada?, Habla o te quemo.
- Juro que me obligaron, no me mates por favor.
- ¿Cuántos son, hijo de puta?
- Hay como cien policías de la provincia y doscientos milicos, pero no saben nada de la toma, sólo rastrean la zona, lo juro, lo juro.
Hubo un instante eterno de silencio y luego se escuchó el ruido seco de la 9 mm. El tucu cayó de boca contra el suelo, y en pocos segundos un enorme charco de sangre le circundó la cabeza que yacía de lado, con la boca y los ojos bien abiertos. La enorme humanidad hasta recién suplicante, acababa de traspasar la oscura cortina hacia la nada, para siempre.
- ¿Estás loca negra?, Gritó el comandante, encolerizado.
- ¿Vos también estás en esa?, era lo que nos faltaba, un jefe cagón.
Esas palabras fueron fundamentales y trascendentes. La afrenta de la negra frente los demás guerrilleros, tuvo un sabor a desafío definitivo.
En esos eternos segundos se definió el poder de la Compañía de Monte.
La locura del vale todo se paseaba con perfume de muerte por entre los montes tucumanos.
Una certera ráfaga de plomo despedazó de a jirones el cuerpo convulsionado de la negra, la mejor de todas la guerrilleras del grupo. Sonó la metralla… y después de temblar y girar sobre un eje imaginario, la negra cayó de espaldas sobre la rechoncha carne muerta del tucu. Las moscas fugaron espantadas en el espeso aire caluroso del monte tucumano, para luego de un revoloteo loco volver a posarse sobre el charco tibio y rojo.
Otra vez la locura, pensaron los demás.
La negra susurró un ¿por qué? que sonó resignado y conmovido. Tosió ahogada en sangre, pero fue solo una última convulsión, como si alguien desde el más allá la hubiera echado del lugar que buscaba para siempre.
Otra vez la muerte. Otra vez alguien traspasando la delgada cortina entre la vida y la nada.
- Porque, acá mando yo, dijo a los gritos el comandante guerrillero de la Compañía de Monte.
Aquí mando yo…que frase tonta, pensaron en silencio los demás guerrilleros.
Y tenían razón… para esas alturas, entre los montes tucumanos: la única que mandaba, era la muerte.
