
Hace tiempo que cambió el mate bien amargo, por el Red Bull bien frío.
Hace un mundo de cada cosa. Pero no está muy convencido.
Admite que a veces le pesa el designio de su historia familiar.
Hace un mundo de cada cosa. Pero no está muy convencido.
Admite que a veces le pesa el designio de su historia familiar.
Su padre perteneció a la gloriosa jotapé, y su madre le jura que lo mataron una tarde de invierno en un control policial de Florencio Varela: “Tu papá murió a los tiros, pero se llevó un milico con él”.
El, si bien carga esa parte de su historia, se conforma con putearla a Cecilia Pando, desde su blog de nombre combativo: “Viva el Che, carajo”.
“Que al pedo son los blogs”, comenta siempre su mamá. Y a él eso lo enerva más que un discurso de la Pando en Plaza de Mayo.
Tiene toda la parafernalia de un militante social: Una mochila de los redondos. Una gomera, un par de bulones, varios amigos boludones con guita, un pañuelo negro con el que se tapa la cara, un librito del Che que nunca pasó de la hoja cuatro…un par de zapatillas All Star, y una libretita con aniversarios inútiles.
Aborrece a los burgueses. Los critica con sus amigos cada mañana en una confitería de Barrio Norte donde matan el tiempo que les sobra. Eso sí, para ojear en el bar piden “Página”.
Cuando las discusiones suben de tono, enseguida saca chapa. “Mi viejo fue de la jotapé, y lo mataron en un control policial de Florencio Varela…”.
Pero nunca termina de contar la historia de su padre.
“Me pone para la mierda…me muero de bronca, no puede haber sido tan pelotudo” le contó una vez a su amiga del alma.
Su padre tenía 24 años, era de la jotapé, y murió en un control policial de Florencio Varela en 1.976. Todo eso es rigurosamente cierto. Claro que también es cierto que aquella tarde trasladaba para otros, un cargamento de fusiles. Y que defendió para otros el cargamento. Y que murió para que pudiera escapar su compañero de mayor rango.
Pero esta parte de la historia a él le hace mal contarla.
Por eso todos están callados hoy junto a él. Acaba de contarla por primera vez entre llantos en un bar de Avenida Pueyrredón.
El, si bien carga esa parte de su historia, se conforma con putearla a Cecilia Pando, desde su blog de nombre combativo: “Viva el Che, carajo”.
“Que al pedo son los blogs”, comenta siempre su mamá. Y a él eso lo enerva más que un discurso de la Pando en Plaza de Mayo.
Tiene toda la parafernalia de un militante social: Una mochila de los redondos. Una gomera, un par de bulones, varios amigos boludones con guita, un pañuelo negro con el que se tapa la cara, un librito del Che que nunca pasó de la hoja cuatro…un par de zapatillas All Star, y una libretita con aniversarios inútiles.
Aborrece a los burgueses. Los critica con sus amigos cada mañana en una confitería de Barrio Norte donde matan el tiempo que les sobra. Eso sí, para ojear en el bar piden “Página”.
Cuando las discusiones suben de tono, enseguida saca chapa. “Mi viejo fue de la jotapé, y lo mataron en un control policial de Florencio Varela…”.
Pero nunca termina de contar la historia de su padre.
“Me pone para la mierda…me muero de bronca, no puede haber sido tan pelotudo” le contó una vez a su amiga del alma.
Su padre tenía 24 años, era de la jotapé, y murió en un control policial de Florencio Varela en 1.976. Todo eso es rigurosamente cierto. Claro que también es cierto que aquella tarde trasladaba para otros, un cargamento de fusiles. Y que defendió para otros el cargamento. Y que murió para que pudiera escapar su compañero de mayor rango.
Pero esta parte de la historia a él le hace mal contarla.
Por eso todos están callados hoy junto a él. Acaba de contarla por primera vez entre llantos en un bar de Avenida Pueyrredón.
Hace media hora que salió de la comisaría. Tal vez sea eso.
Estuvo hoy en el Acto de la memoria. Como corresponde.
Y como corresponde respondió a sus mandos naturales.
Le dijeron que tire bulones contra las vidrieras. Y los tiró.
Le ordenaron que tirara piedras contra la policía represora. Y tiró.
Y le dijeron que hiciera el aguante en primera fila para que los otros rajen… y cayó preso.
Ahora está llorando a moco suelto en la mesa de un bar de avenida Pueyrredón.
Y como corresponde respondió a sus mandos naturales.
Le dijeron que tire bulones contra las vidrieras. Y los tiró.
Le ordenaron que tirara piedras contra la policía represora. Y tiró.
Y le dijeron que hiciera el aguante en primera fila para que los otros rajen… y cayó preso.
Ahora está llorando a moco suelto en la mesa de un bar de avenida Pueyrredón.
33 años después, se siente tan perejil como su viejo: “No puedo ser tan pelotudo!!”, grita.
Todos lo miran en silencio.
Todos lo miran en silencio.
Un silencio casi burgués.
