“AL MENOS…NOS PERDONARON LA VIDA”

“Venimos a esta reunión a dar nacimiento al sistema previsional argentino, un sistema de reparto de base solidaria y de administración estatal"
(Amado Boudou – Titular del Anses – Argentina, octubre 2.008)
(Amado Boudou – Titular del Anses – Argentina, octubre 2.008)
Lo vimos mil veces. O más.
Cada vez que algún movilero (esa raza especial de periodistas rapaces, que merodean las tragedias con fastidiosa sobreactuación) embiste, micrófono mano y soberbia en boca, a la víctima de alguna tragedia de la violenta inseguridad argentina, la pregunta es de cajón: “¿Cómo lo trataron?”.
Muchas veces me he preguntado si esa pregunta ya “de manual”, no ha sido el fruto de años de “inteligencia tumbera”. De otra manera, no me explico que se haya impuesto con soberana fuerza, una pregunta tan pero tan absurda cada vez que le roban a alguien.
Es una especie de pregunta pensada y re pensada como descargo para el que sale “de caño” a delinquir. Como para que la víctima “internalice” de alguna manera lo vivido y razone excusas para el enemigo tales como: “Bueno, al menos me perdonaron la vida”.
Semejante pregunta pelotuda, parece sacada de alguna de esas tantas películas norteamericanas donde la trama se desarrolla casi exclusivamente en el ámbito de los grandes juicios orales.
Imaginemos la escena. El reo, que entró a una casa a punta de pistola, tomó a toda la familia de rehén, los ató y los encerró en un cuarto. Desvalijó prolijamente la casa, se llevó de escudo al dueño de esa casa y lo largó dos horas después en el medio de un descampado en la noche profunda, mira fijamente a sus víctimas que están sentadas en el escritorio contiguo. El acusado se ha vestido para la ocasión. Se ha puesto traje oscuro, una corbata sobria y está peinado prolijamente. Hasta parece decente. El jurado expectante escucha las declaraciones que los testigos hacen bajo juramento. De repente, el abogado defensor se levanta de su cómoda butaca de cuero. Camina despacio pero con paso firme. Lleva el saco desprendido y sus dos manos atrás, agarradas por los dedos. Llega hasta el estrado. Gira sobre sus talones. Es un medio giro hacia su derecha (así lo impone la escenografía). Mira al jurado, pero no tan fijamente como para amedrentarlo, sino con cierto carácter como para venderle visos de seriedad en el discurso. Y con voz fuerte dice: La defensa llama a su próximo testigo. Primero un silencio. Luego un murmullo. El juez que golpea su martillo y pide silencio a los gritos. Curiosamente, es la única manera que tiene de pedir silencio. A los gritos. Entonces resuena el nombre de “fulano de tal”, dueño de la casa desvalijada. Le toman juramento. El hombre está nervioso. El abogado defensor lo sabe. El abogado defensor apoya una de sus manos sobre la baranda que lo separa de la pequeña tribuna que ocupa el jurado… “dígame Sr. fulano de tal, durante el hecho que usted describe y por el cual se lo acusa a mi defendido, ¿sufrió algún tipo de maltrato?”.
¡¡Y claro imbécil!!: Le entraron a la casa a punta de pistola, encerraron a toda su familia en un cuarto y los ataron de pies y de manos. Le desvalijaron la casa, le robaron el auto, se lo llevaron de escudo y lo largaron a 60 kilómetros en medio de un descampado y a las dos de la mañana!!.
Pero no, aquí la imbecilidad de la pregunta no inquieta. Los tipos lo han estudiado meticulosamente durante muchos años. Saben jugar con la resignación “postraumática” de la gente de bien. Le hacen la “psicológica”, diría la tribuna. Y así la víctima de tanta violencia, barbarie y despojo, termina “auto convenciéndose” de que al final de cuentas, “la sacó barata”. Es que la pregunta es imbécil pero no ingenua. Y entonces la víctima mira hacia atrás y conjetura sobre lo que no pasó pero podría haber pasado. La obligan a conjeturar. Y claro, cae en la cuenta…y en la trampa: “¡Uy, cierto!, podría haber sido peor”. Si hasta se cree un idiota por quejarse. Y si no fuera porque los movileros no le dan tiempo de aire ante las cámaras (están apurados por huir hacia tragedias mejores), en unos minutos más el tipo hasta quizás agarre el micrófono y les dé las gracias a los delincuentes por no haberlo matado. Es lo que hay.
Cada vez que algún movilero (esa raza especial de periodistas rapaces, que merodean las tragedias con fastidiosa sobreactuación) embiste, micrófono mano y soberbia en boca, a la víctima de alguna tragedia de la violenta inseguridad argentina, la pregunta es de cajón: “¿Cómo lo trataron?”.
Muchas veces me he preguntado si esa pregunta ya “de manual”, no ha sido el fruto de años de “inteligencia tumbera”. De otra manera, no me explico que se haya impuesto con soberana fuerza, una pregunta tan pero tan absurda cada vez que le roban a alguien.
Es una especie de pregunta pensada y re pensada como descargo para el que sale “de caño” a delinquir. Como para que la víctima “internalice” de alguna manera lo vivido y razone excusas para el enemigo tales como: “Bueno, al menos me perdonaron la vida”.
Semejante pregunta pelotuda, parece sacada de alguna de esas tantas películas norteamericanas donde la trama se desarrolla casi exclusivamente en el ámbito de los grandes juicios orales.
Imaginemos la escena. El reo, que entró a una casa a punta de pistola, tomó a toda la familia de rehén, los ató y los encerró en un cuarto. Desvalijó prolijamente la casa, se llevó de escudo al dueño de esa casa y lo largó dos horas después en el medio de un descampado en la noche profunda, mira fijamente a sus víctimas que están sentadas en el escritorio contiguo. El acusado se ha vestido para la ocasión. Se ha puesto traje oscuro, una corbata sobria y está peinado prolijamente. Hasta parece decente. El jurado expectante escucha las declaraciones que los testigos hacen bajo juramento. De repente, el abogado defensor se levanta de su cómoda butaca de cuero. Camina despacio pero con paso firme. Lleva el saco desprendido y sus dos manos atrás, agarradas por los dedos. Llega hasta el estrado. Gira sobre sus talones. Es un medio giro hacia su derecha (así lo impone la escenografía). Mira al jurado, pero no tan fijamente como para amedrentarlo, sino con cierto carácter como para venderle visos de seriedad en el discurso. Y con voz fuerte dice: La defensa llama a su próximo testigo. Primero un silencio. Luego un murmullo. El juez que golpea su martillo y pide silencio a los gritos. Curiosamente, es la única manera que tiene de pedir silencio. A los gritos. Entonces resuena el nombre de “fulano de tal”, dueño de la casa desvalijada. Le toman juramento. El hombre está nervioso. El abogado defensor lo sabe. El abogado defensor apoya una de sus manos sobre la baranda que lo separa de la pequeña tribuna que ocupa el jurado… “dígame Sr. fulano de tal, durante el hecho que usted describe y por el cual se lo acusa a mi defendido, ¿sufrió algún tipo de maltrato?”.
¡¡Y claro imbécil!!: Le entraron a la casa a punta de pistola, encerraron a toda su familia en un cuarto y los ataron de pies y de manos. Le desvalijaron la casa, le robaron el auto, se lo llevaron de escudo y lo largaron a 60 kilómetros en medio de un descampado y a las dos de la mañana!!.
Pero no, aquí la imbecilidad de la pregunta no inquieta. Los tipos lo han estudiado meticulosamente durante muchos años. Saben jugar con la resignación “postraumática” de la gente de bien. Le hacen la “psicológica”, diría la tribuna. Y así la víctima de tanta violencia, barbarie y despojo, termina “auto convenciéndose” de que al final de cuentas, “la sacó barata”. Es que la pregunta es imbécil pero no ingenua. Y entonces la víctima mira hacia atrás y conjetura sobre lo que no pasó pero podría haber pasado. La obligan a conjeturar. Y claro, cae en la cuenta…y en la trampa: “¡Uy, cierto!, podría haber sido peor”. Si hasta se cree un idiota por quejarse. Y si no fuera porque los movileros no le dan tiempo de aire ante las cámaras (están apurados por huir hacia tragedias mejores), en unos minutos más el tipo hasta quizás agarre el micrófono y les dé las gracias a los delincuentes por no haberlo matado. Es lo que hay.

MIEDO A LOS BÁRBAROS
Los comunes mortales les tememos a los bárbaros. Ante la violencia de ellos, entramos en pánico. Y los bárbaros saben bien de ese poder. Y lo ejercen.
El ensayista francés de nombre difícil, Tzvetan, y de apellido Todorov, recibió este viernes el premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales: "El miedo puede llevarnos a adoptar conductas bárbaras", declaró el galardonado galo tras el acto. Eso será en el mundo normal. En Argentina no. Acá el miedo nos paraliza. Nos silencia.
Los argentinos, esta semana nos desayunamos con el anuncio del enésimo saqueo, y adoptamos la “bárbara” conducta de la indiferencia. En un esmerado acto bajo una carpa armada en el estacionamiento del Ases, la presidentA anunció la eliminación de las AFJP. Hacía rato que el nuevo jefe de Anses andaba en busca de la visita presidencial. La logia de los bárbaros cree mucho en eso de las “bendiciones”.
Y la presidentA cumplió con creces la bendición. Visitó Anses, y anunció allí el saqueo del siglo. Ah sí, en las republiquetas gobernadas por los bárbaros, las cosas se hacen así. Sin previo aviso, sin debate… a la fuerza. Primero te lo anuncio, y después vemos eso de los votos necesarios en las “Instituciones” democráticas.
El saqueo que viene lo avisa el jefe del bloque kirchnerista en la Cámara de Diputados, don Agustín Rossi. El que avisa no traiciona, dice el refrán. Y Rossi avisa: "El control del destino de los fondos tiene que tener un máximo nivel de transparencia, pero los mecanismos ya previstos son suficientes para ejercer ese control. La intangibilidad de los depósitos no es necesaria".
¡Chupate esa mandarina!, la intangibilidad de nuestros depósitos no es necesaria para los bárbaros. ¿Sabrá Rossi que la ley que creó las AFJP, y que el gobierno de los bárbaros intenta derogar en tiempo récord, dice lo que sigue? Artículo 82: “El fondo de jubilaciones y pensiones es un patrimonio independiente y distinto del patrimonio de la administradora y que pertenece a los afiliados. La administradora no tiene derecho de propiedad alguno sobre él. Los bienes y derechos que componen el patrimonio del fondo de jubilaciones y pensiones serán inembargables y estarán sólo destinados a generar las prestaciones de acuerdo con las disposiciones de la presente ley”.
No creo que le importe. A los bárbaros nada los detiene. Los bárbaros son así. Por las buenas malas o por las malas malas. Por las buenas malas, el año pasado, en una resolución, Anses estableció la opción de “Cambio al Régimen de Reparto”. Hizo publicidad profusa. Millones de millones se gastaron en la campaña para “repatriar” fondos para la corona. Varios aplazos en el vencimiento para el traspaso. Es que los aterrados mortales comunes, a pesar de la publicidad profusa y millonaria, insistían en quedarse en el sistema privado. Hasta Néstor Kirchner en persona anunció su propio traspaso al sistema de reparto, como diciendo “Síganme…que no los voy a defraudar”. Así y todo, la mayoría abrumadora optó por desconfiar de las mieles amargas del Estado. Los ilusos ciudadanos, ¡pensábamos que los bárbaros nos daban la opción de elegir! El final fue de 4 a 1. Por cada cuatro, sólo uno eligió pasarse al sistema de reparto. Seis meses después…los bárbaros vienen por todo. Por las malas malas.
Pánico. Terror. Silencio. Es comprensible, ¡los bárbaros se apropiarán por la fuerza, de los fondos que los mortales comunes aportamos para nuestra vejez!
La elección del año pasado fue una farsa. Lo sabemos ahora. Pero, argentinos al fin, optamos por la pelotuda resignación… “Al menos no nos mataron”.
Los comunes mortales les tememos a los bárbaros. Ante la violencia de ellos, entramos en pánico. Y los bárbaros saben bien de ese poder. Y lo ejercen.
El ensayista francés de nombre difícil, Tzvetan, y de apellido Todorov, recibió este viernes el premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales: "El miedo puede llevarnos a adoptar conductas bárbaras", declaró el galardonado galo tras el acto. Eso será en el mundo normal. En Argentina no. Acá el miedo nos paraliza. Nos silencia.
Los argentinos, esta semana nos desayunamos con el anuncio del enésimo saqueo, y adoptamos la “bárbara” conducta de la indiferencia. En un esmerado acto bajo una carpa armada en el estacionamiento del Ases, la presidentA anunció la eliminación de las AFJP. Hacía rato que el nuevo jefe de Anses andaba en busca de la visita presidencial. La logia de los bárbaros cree mucho en eso de las “bendiciones”.
Y la presidentA cumplió con creces la bendición. Visitó Anses, y anunció allí el saqueo del siglo. Ah sí, en las republiquetas gobernadas por los bárbaros, las cosas se hacen así. Sin previo aviso, sin debate… a la fuerza. Primero te lo anuncio, y después vemos eso de los votos necesarios en las “Instituciones” democráticas.
El saqueo que viene lo avisa el jefe del bloque kirchnerista en la Cámara de Diputados, don Agustín Rossi. El que avisa no traiciona, dice el refrán. Y Rossi avisa: "El control del destino de los fondos tiene que tener un máximo nivel de transparencia, pero los mecanismos ya previstos son suficientes para ejercer ese control. La intangibilidad de los depósitos no es necesaria".
¡Chupate esa mandarina!, la intangibilidad de nuestros depósitos no es necesaria para los bárbaros. ¿Sabrá Rossi que la ley que creó las AFJP, y que el gobierno de los bárbaros intenta derogar en tiempo récord, dice lo que sigue? Artículo 82: “El fondo de jubilaciones y pensiones es un patrimonio independiente y distinto del patrimonio de la administradora y que pertenece a los afiliados. La administradora no tiene derecho de propiedad alguno sobre él. Los bienes y derechos que componen el patrimonio del fondo de jubilaciones y pensiones serán inembargables y estarán sólo destinados a generar las prestaciones de acuerdo con las disposiciones de la presente ley”.
No creo que le importe. A los bárbaros nada los detiene. Los bárbaros son así. Por las buenas malas o por las malas malas. Por las buenas malas, el año pasado, en una resolución, Anses estableció la opción de “Cambio al Régimen de Reparto”. Hizo publicidad profusa. Millones de millones se gastaron en la campaña para “repatriar” fondos para la corona. Varios aplazos en el vencimiento para el traspaso. Es que los aterrados mortales comunes, a pesar de la publicidad profusa y millonaria, insistían en quedarse en el sistema privado. Hasta Néstor Kirchner en persona anunció su propio traspaso al sistema de reparto, como diciendo “Síganme…que no los voy a defraudar”. Así y todo, la mayoría abrumadora optó por desconfiar de las mieles amargas del Estado. Los ilusos ciudadanos, ¡pensábamos que los bárbaros nos daban la opción de elegir! El final fue de 4 a 1. Por cada cuatro, sólo uno eligió pasarse al sistema de reparto. Seis meses después…los bárbaros vienen por todo. Por las malas malas.
Pánico. Terror. Silencio. Es comprensible, ¡los bárbaros se apropiarán por la fuerza, de los fondos que los mortales comunes aportamos para nuestra vejez!
La elección del año pasado fue una farsa. Lo sabemos ahora. Pero, argentinos al fin, optamos por la pelotuda resignación… “Al menos no nos mataron”.
Je…por ahora.
Horacio R. Palma

