sábado, 23 de agosto de 2008

LOS "25"

“Uno se cree, que los mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta… Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón…” (Aquellas pequeñas cosas – J. M. Serrat)



En la esquina, los duendes de los primeros aromas dulces sobre la vereda ancha sembrada de paraísos, envuelven y abrazan lindo (disculpen, pero quién no asesinó algún adverbio alguna vez). Lindos duendes de ricos aromas que avisan la primavera, en la vereda de mi barrio.
El teléfono celular me vibra furioso en la cintura. Así avisa él, frenéticamente con su tembloroso cosquilleo. Lo espío. Es un mail. Me sorprendo. El remitente es un nombre de alguien que hace mucho no veo. Eso no me llama la atención, digo, que me escriba alguien que hace mucho que no veo no es lo que me sorprende. Sí me llama la atención que es el primer mail que recibo de ella en mi vida…el título del mail es escueto: “25”.
Al ansioso que hay en mí lo asalta el picor de la curiosidad. Pero estoy de charla con alguien de una generación un tanto momificada (la mía) para estos arrebatos de la tecnología. Y mi amigo no me perdonaría jamás si yo interrumpiera ahora nuestra conversación para espiar un mail en el celular. Así que rascaré mi curiosidad dentro de un rato.
Estoy a 25 cuadras de mi próximo trámite. El sol tibio de agosto, más el dulce abrazo del aroma inconfundible de los primeros brotes de los paraísos de mi barrio, y la idea de pensar que con este día glorioso me tendría que sumergir en las oscuras catacumbas del subte solo para llegar 20 minutos antes…hacen que elija caminar. Además, convengamos que asesinar una caminata en este tibio mediodía, con el estiletazo profundo y devastador de un oscuro viaje en subte, sería un crimen de lesa vulgaridad. Así que desisto del transporte público y me aventuro con mis pies privados.
Tengo que llegar al banco a pagar la cuota del viaje a Bariloche de Belu, mi hija… ¡Uf!, me parece mentira, si hasta creo que fue ayer nomás que yo estaba embarcado en el mío. Pero no…ayer nomás no fue.
Lanzado ya a la caminata, ando pensando en la conversación que acabo de tener con mi amigo, un personaje que lleva un suplicio más, que los tantos matrimonios que ha intentado. Me lo encontré en la esquina y en pocos minutos me contó con lujo de detalles su enésima frustración de convivencia amorosa. Me lo cuenta con desazón profunda…y, pasados los 40, este tipo de comodidades, digo, “buscar palenque ande ir a rascarse”, suelen complicarse endemoniadamente. Es que a estas alturas, a uno las mañas se le han agarrado con fuerza. “¿Me entendés Horacio, vos sufriste alguna vez por amor?”, me pregunta. Yo sonrío… “Como 25 veces”, le contesté. Tal vez el número no sea exacto, pero la expresión me sonó cierta. Mi amigo puso cara de “consuelo de tontos…”, y supongo que era la compasión que necesitaba, pues enseguida me saludó con un beso… y se fue.
Y yo empecé entonces mi primer paso hacia las 25 cuadras que me separaban de mi próximo trámite en una esquina de Buenos Aires. Sonrío…recuerdo. Aunque más exacto es decirlo a revés: recuerdo, y sonrío. “El que solo se ríe, de sus picardías se acuerda” decía mi abuela. Es que la charla con mi amigo me ha disparado algunos recuerdos de desengaños. Y yo ando caminando, y aprovecho para recordar. Casualmente, mi próximo trámite es en una esquina de recuerdos de desengaños.
Allí, hace 25 años (o casi), en un invierno que yo por entonces creía eterno como la juventud, aunque invierno y juventud duraron lo que un suspiro, lloré un millón de lágrimas desde esa esquina hasta la pensión donde vivía, en Montevideo 1.550.
Es que en esa esquina, alguien me rompió el corazón declarándome desamor eterno. Vuelvo a sonreír, hoy allí hay una importante clínica donde entre otras cosas, arreglan corazones. En aquella esquina, los pedazos de mi corazón se ahogaron aquél invierno en un mar de lágrimas heladas.
Ahora sonrío en honor a lo mucho que entonces lloré.
Supongo que hay recuerdos que son más hermosos cuanto más lejanos. Y el sol tibio de este agosto que agoniza irremediablemente, está ahora entibiando el recuerdo de aquellas lágrimas heladas de hace 25 años. Respiro hondo. Y mientras sonrío el recuerdo tibio de aquella vieja puñalada de desamor, abro el mail. “25”.
Me pregunto ¿qué cuernos será 25?...lo leo: “Estamos organizando la fiesta de los 25 años de egresados, agreguen los mail a la lista…”.
Supongo que se me desdibujó un poco la sonrisa, de hecho, en la esquina descubrí que un hombre me miraba de reojo…yo estaba como hablando solo.
¿25 qué....25 años de recibido en la Escuela de Comercio?, creo que me preguntaba en voz alta mientras leía el mail. Titubeé algunos números en el aire. Intenté sin éxito una cuenta simple…pero supongo que debe ser cierto que 2.008 – 1.983 da como resultado 25. De hecho, recuerdo que muchos de aquellos compañeros de la Escuela de Comercio (a varios los leo en la lista del mail), eran buenos para los cálculos. Así que definitivamente debe ser como ellos dicen. Es imposible que hayan errado esa cuenta.
25 años de recibido… ¡mamita que pasa el tiempo!
Una melodía suave me zamarrea levemente y me saca un poco de mis cabildeos. Un hombre está sentado en la esquina con su guitarra eléctrica cantando con tantas ganas como si estuviera cantando en el Luna. Un puñado de personas lo escuchan parados a su alrededor. Las grandes ciudades tienen estas cosas maravillosas de un mundo en cada esquina…estoy en la esquina esperando para cruzar. “25 historias de la tragedia”, dice el título catástrofe de un diario que cuelga del kiosco de revistas. Se refiere a la tragedia aérea ocurrida en el Aeropuerto de Barajas, en la queridísima España. “Fue el adiós que nació en el amor más grande. Y ése fue el adiós que tuvo ayer Amalia Filloy, la mujer que murió carbonizada entre los restos del McDonnell Douglas, por preferir que salvaran a su hija antes que a ella. "¡Se lo ruego! ¡Salve a mi hija primero!", rogó la valiente mujer al bombero que quiso rescatarla. El bombero acató el último deseo de esa madre…” y dejo de leer para no largarme a llorar a mares en esta esquina.
Los Hombres tenemos estas cosas de héroes y de villanos. De actos heroicos, y de atrocidades inexplicables.
El hombre sigue cantando la hermosa canción para hacer perfecta la mañana…“son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas, que el viento arrastra allá o aquí... que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos… cuando nadie nos ve…”…y yo me alejo arrullado por esa poesía única de los recuerdos…
Casi sin darme cuenta estoy llegando. En 25 cuadras he recordado 25 desengaños. He viajado como 25 años…y he vuelto a recordar como a 25 compañeros de aquella patria invicta que fue mi juventud…un montón de recuerdos de la vida, que creía muertos a manos del tiempo o de la ausencia, han tomado vida en este mediodía tibio de un agosto irremediable… ¡qué cosa! resulta que están tan pero tan vivas y lejanas, que me hacen llorar lágrimas este mediodía… y yo aprovecho a llorar en esta esquina, solo porque creo que nadie me ve.

Acto de Homenaje al coronel Argentino del Valle Larrabure

ACTO DE HOMENAJE REALIZADO - SÁBADO 23 DE AGOSTO DE 2.008
"Esa tarde del 11 de agosto de 1974 Arturo Cirilo, de 14 años, se lució como nunca en la canchita de fútbol de la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María: es que el mayor Argentino del Valle Larrabure, su padre, había ido a verlo jugar y el adolescente quería que se sintiera orgulloso. Esa misma noche el militar y su esposa -María Susana de San Martín, para todos Marisú- tenían una cena en la fábrica, con buena parte del personal. Larrabure tomó del brazo a su mujer y salió de la casa de familia, situada en la misma fábrica, no sin antes decir que "se iba la parejita más linda de la noche". Arturo le preguntó si más tarde podría darse una vuelta por la fiesta. Su padre dijo que sí, salió de la casa y jamás volvieron a verse. Porque se quedó dormido, esa noche. Porque despertó sobre la madrugada, aterrorizado, al escuchar gritos y disparos de metralla que proveían de la fábrica. Estaba solo: su hermana María Susana había ido a la ciudad, a bailar con unos amigos. Esperó hasta que los disparos acallaron, y luego siguió esperando, en medio del silencio y la oscuridad, por más de una hora, hasta que con su madre llegó la noticia: el mayor Larrabure había sido secuestrado por el ERP. Lo mantuvieron prisionero 372 días -el secuestro más extenso de nuestra historia- en un nicho excavado en la tierra, debajo de una casa, en Rosario. Vivió nueve meses y medio en condiciones infrahumanas, en los cuales perdió 40 kilos. Su cadáver apareció en un descampado, el 23 de agosto de 1975, con signos evidentes de estrangulamiento, golpes y "picanas eléctricas". Tenía 42 años."
Extracto de la nota aparecida en el periódico "La Voz del Pueblo", de la localidad de Tres Arroyos...
(Minuto de Silencio)