“EL CAMPEÓN”
¡¡FÚTBOL, FÚTBOL…FÚTBOL!!
“Hay gente que está marcada para ser un ídolo y otros que están en el medio. Yo estaba para ubicarme en el medio, pero pasaron muchas cosas raras. Esos pibes merecíamos mejor suerte.” (Rubén Norberto Bruno – Ex jugador de River Plate)

Fútbol, ¿se puede hablar de otro tema esta semana? Difícil.
Muchos de quienes disfrutamos de esta verdadera pasión nacional, tuvimos en los últimos siete días nuestra cuota de gloria…o de tragedia.
Y digo tragedia, pero no me refiero a esa tragedia que desde hace un tiempo impregna y ronda al fútbol y a la sociedad, esa tragedia a la que nos hemos acostumbrado fatalmente los argentinos. No. No me refiero a la tragedia de las crónicas policiales, sino que me refiero a la tragedia del desgarro deportivo, esa tragedia que no duele en el cuerpo como las otras tragedias violentas de los puños, los palos, los cuchillos o las balas, sino que nos duele mucho, pero en el alma.
¿Y qué si no una pequeña “tragedia”, aplastó brutalmente esta semana la moral de la hinchada riverplatense?
Antes de seguir adelante con esta nota, quiero aclarar que soy hincha de River. Y quiero aclarar también, que fui durante mucho tiempo un fanático practicante de la religiosidad futbolística. Fui, dije, pues la demoledora realidad de las “transas” entre dirigentes y violentos, más un cóctel con rancio tufo a negociados, si bien no me quitaron del todo el fanatismo, me hicieron sí, dejar casi totalmente a un lado, el fervor practicante de no faltar a ningún partido de River.
En Argentina, el hincha vive el fútbol con desbordante pasión. Hablo de esa sensación indescriptible que lo envuelve a uno desde el mismísimo momento en que el árbitro da el pitazo inicial, y la pelota comienza a rodar, junto a las enormes ilusiones del hincha. Durante los noventa minutos del partido, somos pura pasión. Después nos pasamos toda la semana conjeturando, elucubrando, discutiendo y pensando el partido. El animal se vuelve racional. Hasta que llega el próximo partido del club de los amores, y nuevamente las razones se ahogan en la pasión profunda y desbocada.
El hincha argentino de fútbol es así. Por eso, a diferencia de la famosa “donna” de Verdi, no cambia “como pluma al viento”. Nunca a un hincha del fútbol argentino se le ocurriría hacer “la gran Borocotó”, ni siquiera “la gran Mariela Tassitro”. Nunca. El hincha cambia de esposa, cambia de barrio, de ciudad, de país, de novia, de auto…puede cambiar hasta de peluquero (que es algo que casi nadie hace), pero nunca cambia de camiseta. Ni ante la peor catástrofe deportiva.
El equipo puede hacer la peor campaña de su historia, descender hasta las últimas divisiones, hundirse en el fondo de la tabla de posiciones, todo eso. Pero así todo, el hincha seguirá fiel a su camiseta.
Y uno abraza la camiseta desde la más tierna infancia. Y desde la infancia más tierna, la hace muy suya. Yo soy de River desde que estaba en la cuna…como decía una vieja canción de cancha. Y a usted lector, lo mismo le habrá pasado con su club. Es que por lo general, el club de los amores se hereda de algún pariente que nos contagia la pasión en los primeros años de nuestra vida. Es una fija que se mantiene hasta la muerte.
Muchos de quienes disfrutamos de esta verdadera pasión nacional, tuvimos en los últimos siete días nuestra cuota de gloria…o de tragedia.
Y digo tragedia, pero no me refiero a esa tragedia que desde hace un tiempo impregna y ronda al fútbol y a la sociedad, esa tragedia a la que nos hemos acostumbrado fatalmente los argentinos. No. No me refiero a la tragedia de las crónicas policiales, sino que me refiero a la tragedia del desgarro deportivo, esa tragedia que no duele en el cuerpo como las otras tragedias violentas de los puños, los palos, los cuchillos o las balas, sino que nos duele mucho, pero en el alma.
¿Y qué si no una pequeña “tragedia”, aplastó brutalmente esta semana la moral de la hinchada riverplatense?
Antes de seguir adelante con esta nota, quiero aclarar que soy hincha de River. Y quiero aclarar también, que fui durante mucho tiempo un fanático practicante de la religiosidad futbolística. Fui, dije, pues la demoledora realidad de las “transas” entre dirigentes y violentos, más un cóctel con rancio tufo a negociados, si bien no me quitaron del todo el fanatismo, me hicieron sí, dejar casi totalmente a un lado, el fervor practicante de no faltar a ningún partido de River.
En Argentina, el hincha vive el fútbol con desbordante pasión. Hablo de esa sensación indescriptible que lo envuelve a uno desde el mismísimo momento en que el árbitro da el pitazo inicial, y la pelota comienza a rodar, junto a las enormes ilusiones del hincha. Durante los noventa minutos del partido, somos pura pasión. Después nos pasamos toda la semana conjeturando, elucubrando, discutiendo y pensando el partido. El animal se vuelve racional. Hasta que llega el próximo partido del club de los amores, y nuevamente las razones se ahogan en la pasión profunda y desbocada.
El hincha argentino de fútbol es así. Por eso, a diferencia de la famosa “donna” de Verdi, no cambia “como pluma al viento”. Nunca a un hincha del fútbol argentino se le ocurriría hacer “la gran Borocotó”, ni siquiera “la gran Mariela Tassitro”. Nunca. El hincha cambia de esposa, cambia de barrio, de ciudad, de país, de novia, de auto…puede cambiar hasta de peluquero (que es algo que casi nadie hace), pero nunca cambia de camiseta. Ni ante la peor catástrofe deportiva.
El equipo puede hacer la peor campaña de su historia, descender hasta las últimas divisiones, hundirse en el fondo de la tabla de posiciones, todo eso. Pero así todo, el hincha seguirá fiel a su camiseta.
Y uno abraza la camiseta desde la más tierna infancia. Y desde la infancia más tierna, la hace muy suya. Yo soy de River desde que estaba en la cuna…como decía una vieja canción de cancha. Y a usted lector, lo mismo le habrá pasado con su club. Es que por lo general, el club de los amores se hereda de algún pariente que nos contagia la pasión en los primeros años de nuestra vida. Es una fija que se mantiene hasta la muerte.
LA PASIÓNMis primeros recuerdos ciertos como hincha de fútbol, se remontan a mis 9 años. Año 1.975. Vivíamos en la ciudad de San Lorenzo, en la provincia de Santa Fe.
En aquellos años, a mi viejo, cada domingo a la a tarde le salía una spika en la oreja. Él y su gorro de lana roja y blanca, el mate, la cocina, la radio…mis hermanos y yo entrando en manada azotando la puerta, y su chistido furioso…shhhhhhhhh. Jugaba River, y el silencio debía ser de misa.
Desde el fondo del pequeño parlante vestido de cuero, la voz inconfundible de José María Muñoz, el gordo. Desde LS5 Radio Rivadavia, “el relator de América”, viajaba hacia la cocina de casa como por arte de magia. Y desde su garganta ronca brotaba la emoción al relatar el partido. El Pato Fillol, el Mariscal Perfumo, Jota Jota López, el Puma Morete, el Beto Alonso, Mostaza Merlo, Artico, Comelles, el Borracho Pedro González, el Mono Más...todos esos nombres escuché y aprendí yo por la radio, allá en el año 75.
Y digo que recuerdo especialmente el 75, pues durante ese año cada vez que jugaba River, mi viejo trasladaba su pasión “millonaria” con puntualidad religiosa, a un quiosco de Avenida San Martín. El quiosco se llamaba “El Campeón”, y lo atendía un gordo enorme por una ventana diminuta. Cada vez que jugaba River, el quiosco se vestía de rojo y blanco. Pero algo más que una pasión brotaba en el corazón de los riverplatenses por aquellos días. Y eso era algo que se percibía.
En las postrimerías del campeonato Metropolitano del 75, el gordo del quiosco, además de banderas, había colocado dos parlantes enormes en la vereda. No había hincha de River que faltara a la cita. Escuchar al River del 75 frente al quiosco El Campeón, fue como una cábala de los hinchas de la ciudad de San Lorenzo para exorcizar el embrujo. Armados de gorros banderas y vinchas, miles de hinchas de la Ciudad de San Lorenzo, cumplieron religiosamente el rito de hacer fuerza por River frente al quiosco.
La ansiedad era lógica. River llevaba la mayor sequía de títulos de su historia: 18 años sin salir campeón. Algo impensado en el “fútbol meganegocio” de hoy. Fue el gran Ángel Labruna quién formó aquél equipo de jugadores notables. Y tantas veces escuché los nombres de aquél equipo, que puedo repetirlo de memoria: Fillol; Comelles, Perfumo, Artico, Héctor López; Juan José López, Raimondo o Merlo, Alonso; Pedro González, Morete y Más. El equipo de la gloria, aunque...
En aquellos años, a mi viejo, cada domingo a la a tarde le salía una spika en la oreja. Él y su gorro de lana roja y blanca, el mate, la cocina, la radio…mis hermanos y yo entrando en manada azotando la puerta, y su chistido furioso…shhhhhhhhh. Jugaba River, y el silencio debía ser de misa.
Desde el fondo del pequeño parlante vestido de cuero, la voz inconfundible de José María Muñoz, el gordo. Desde LS5 Radio Rivadavia, “el relator de América”, viajaba hacia la cocina de casa como por arte de magia. Y desde su garganta ronca brotaba la emoción al relatar el partido. El Pato Fillol, el Mariscal Perfumo, Jota Jota López, el Puma Morete, el Beto Alonso, Mostaza Merlo, Artico, Comelles, el Borracho Pedro González, el Mono Más...todos esos nombres escuché y aprendí yo por la radio, allá en el año 75.
Y digo que recuerdo especialmente el 75, pues durante ese año cada vez que jugaba River, mi viejo trasladaba su pasión “millonaria” con puntualidad religiosa, a un quiosco de Avenida San Martín. El quiosco se llamaba “El Campeón”, y lo atendía un gordo enorme por una ventana diminuta. Cada vez que jugaba River, el quiosco se vestía de rojo y blanco. Pero algo más que una pasión brotaba en el corazón de los riverplatenses por aquellos días. Y eso era algo que se percibía.
En las postrimerías del campeonato Metropolitano del 75, el gordo del quiosco, además de banderas, había colocado dos parlantes enormes en la vereda. No había hincha de River que faltara a la cita. Escuchar al River del 75 frente al quiosco El Campeón, fue como una cábala de los hinchas de la ciudad de San Lorenzo para exorcizar el embrujo. Armados de gorros banderas y vinchas, miles de hinchas de la Ciudad de San Lorenzo, cumplieron religiosamente el rito de hacer fuerza por River frente al quiosco.
La ansiedad era lógica. River llevaba la mayor sequía de títulos de su historia: 18 años sin salir campeón. Algo impensado en el “fútbol meganegocio” de hoy. Fue el gran Ángel Labruna quién formó aquél equipo de jugadores notables. Y tantas veces escuché los nombres de aquél equipo, que puedo repetirlo de memoria: Fillol; Comelles, Perfumo, Artico, Héctor López; Juan José López, Raimondo o Merlo, Alonso; Pedro González, Morete y Más. El equipo de la gloria, aunque...
DESTINO
“Hoy venís conmigo”, dijo mi viejo, y a mi el corazón me dio un vuelco. Terminada la cena, me subió al falcon. El llevaba su gorro de lana. Señal de que jugaba River. Silbaba una canción mientras manejaba ansioso hacia el quiosco de la resistencia riverplatense. “Hoy salimos campeones”, fue lo único que repitió durante el viaje. Era casi un ruego.
Esa noche, la avenida estaba repleta de gente. Por los parlantes, la voz ronca transmitía el partido. En la calle, una muchedumbre escuchaba en silencio. Un silencio que era pura emoción y nerviosismo. El frío de aquella noche de agosto, duró un suspiro.
Habían pasado largas, las diez de la noche. Una helada caía implacable, y yo escuchaba el partido abrazado a los pantalones de mi viejo. De pronto, el grito sagrado del gol.
Y la gente saltando, y mi viejo que me revolea por el aire, y todos llorando de emoción, y el gordo del quiosco que se salía por la ventanita. ¡River era campeón, después de 18 años sin títulos! “¿Papá, quién hizo el gol?, recuerdo que pregunté. Mi viejo, en medio de los gritos, los saltos y las lágrimas, me dijo “Bruno”. Yo nunca en mi vida había escuchado ese nombre. Rubén Norberto Bruno, un jugador de la cuarta división, acababa de hacer el gol de la historia. Era la noche del jueves 14 de agosto de 1975. Luego supe el porqué. Una huelga de jugadores hizo que River presentara un equipo de emergencia esa noche. Ironías del destino, ninguno aquellos juveniles que hacían historia, se volvieron ídolos.
Y recuerdo esto hoy, porque aquella noche fue una hermosa coronación para la pasión verdadera de un hincha: El festejo emocionado tras tantos años de derrotas.
Y con el recuerdo, espero confortar un poco, a esos hinchas de River que han hecho esta semana, tras un par de derrotas demoledoras de ánimo, una causa de vida o muerte.
“Hoy venís conmigo”, dijo mi viejo, y a mi el corazón me dio un vuelco. Terminada la cena, me subió al falcon. El llevaba su gorro de lana. Señal de que jugaba River. Silbaba una canción mientras manejaba ansioso hacia el quiosco de la resistencia riverplatense. “Hoy salimos campeones”, fue lo único que repitió durante el viaje. Era casi un ruego.
Esa noche, la avenida estaba repleta de gente. Por los parlantes, la voz ronca transmitía el partido. En la calle, una muchedumbre escuchaba en silencio. Un silencio que era pura emoción y nerviosismo. El frío de aquella noche de agosto, duró un suspiro.
Habían pasado largas, las diez de la noche. Una helada caía implacable, y yo escuchaba el partido abrazado a los pantalones de mi viejo. De pronto, el grito sagrado del gol.
Y la gente saltando, y mi viejo que me revolea por el aire, y todos llorando de emoción, y el gordo del quiosco que se salía por la ventanita. ¡River era campeón, después de 18 años sin títulos! “¿Papá, quién hizo el gol?, recuerdo que pregunté. Mi viejo, en medio de los gritos, los saltos y las lágrimas, me dijo “Bruno”. Yo nunca en mi vida había escuchado ese nombre. Rubén Norberto Bruno, un jugador de la cuarta división, acababa de hacer el gol de la historia. Era la noche del jueves 14 de agosto de 1975. Luego supe el porqué. Una huelga de jugadores hizo que River presentara un equipo de emergencia esa noche. Ironías del destino, ninguno aquellos juveniles que hacían historia, se volvieron ídolos.
Y recuerdo esto hoy, porque aquella noche fue una hermosa coronación para la pasión verdadera de un hincha: El festejo emocionado tras tantos años de derrotas.
Y con el recuerdo, espero confortar un poco, a esos hinchas de River que han hecho esta semana, tras un par de derrotas demoledoras de ánimo, una causa de vida o muerte.