El rey, el poeta…y el bolazo
CONTRA LOS MOLINOS DEL MIENTO
“La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto…” (Juan Gelman)
Me gusta leer a Juan Gelman poeta. Sentarme solo, bajo un fresno en la casa de mi vieja, o en un banco de la Plaza Castelli, junto a la añeja estación de Belgrano R, y leerlo, por ejemplo, en Gotán.
Puta, claro, está bien, pero el tema es que Juan Gelman, además de escribir: habla. Y cuando habla milita, y se olvida de la poesía. Y ese abuelo que habla hoy con voz gutural desde el trono mayor de la lengua española, resulta que con la misma naturalidad con que escribe sus versos impecables, se calza su cara de jugador de truco que miente un envido, se para frente al Rey de España y desde el trono mayor de la lengua española: Miente con descaro.
Y como lo han premiado por escribir sublime, y como se presenta “loockeado” con impecable jacket, amparado en sus años y en su dolor, que uno respeta y comprende por supuesto, pero digo, es tan imponente el marco y tan solemne la ocasión, y viceversa, que el semejante bolazo que dice Juan Gelman frente al Rey de España, parece cierto.
¿Gelman se ha creído sus mentiras? parece que después de tanto mentir la historia trágica de Argentina, los personajes como él, han terminado por creerse sus absurdos.
Tras la Ciudad Universitaria, en el confín norte de la costanera porteña, se eleva rastrero el Parque de la Memoria. Tristísimo parque, donde una parte del país, de mí país…de su país, rinde absurdo homenaje a los terroristas muertos en la guerra argentina de los 70. Hay como 6.000 nombres… muchos de los cuales uno los encuentra asesinados por las mismas organizaciones terroristas en los libros escritos por los Montoneros. Muchos de los cuales, uno los encuentra caídos en combate en los libros de los montoneros Martín Caparrós y Eduardo Anguita, o en las crónicas sangrientas de los diarios de la época. Muchos de los cuales, uno los encuentra suicidados con cianuro en los libros de Larraquy o Bonasso, que también fueron terroristas. En fin, es obvio que todos ellos creen que el número de los muertos, es más importante que los mismos muertos. De otra manera, uno no se explica el extraño rejunte que han hecho, para rellenar el Muro con absurdos, en el tristísimo Parque de la Memoria.
Así y todo, resulta que Gelman se para frente al Rey de España, muy seriecito Gelman, mucha sonrisa falsa el Rey, y dice: “En Argentina, la dictadura desapareció 30.000 personas”. El Gelman poeta, sabe bien el significado de esa metáfora. Con ella miente “30.000 muertos inocentes”. Y lo dice sin inmutarse, aunque al reverendo bolazo le sobran 24.000 nombres, y protege a un montón de asesinos.
Obviamente que en Argentina no desaparecieron 30.000 personas. Obviamente que, en ese rejunte de nombres del Parque de la Memoria, hay combatientes caídos en combate, y guerrilleros asesinados por guerrilleros, y guerrilleros suicidados con cianuro. Pero para quienes reivindican el terrorismo de ayer, inflar el número de muertos, es desesperadamente importante. Para ellos es el número, antes que los muertos. Porque es el número, el eslabón principal de la mentira.
“Gelman, de 77 años, es considerado poeta laureado de Argentina y perteneció a la guerrilla de los Montoneros que luchó contra los regímenes militares en los años 70 y 80”, tituló un diario español esta semana. Y sí, Juan Gelman perteneció a la cúpula terrorista de Montoneros. Pero Montoneros sembró el terror también en los gobiernos constitucionales. Y cuando Montoneros asesinaba, lo hacía con saña, para infundirle terror al Estado. Y a sus “argentinos y argentinas”.
LO QUE GELMAN CALLA
Clotildo Isaac Barrios es el padre de Juan Eduardo Barrios. Apuesto a que usted no los conoce. Clotildo Barrios, también esta semana, pero lejos de la suntuosidad de Alcalá de Henares, contó su tragedia en una conferencia que ofrecieron varias Víctimas del Terrorismo de Argentina y de España, organizada por el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV). Su hijo, Juan Eduardo Barrios, a los 3 años de edad fue asesinado por miembros de la agrupación terrorista Montoneros. Ocurrió un 6 de diciembre de 1977. Ese día, cerca del mediodía, Rubén Mórtola (el vasco), y su esposa, Estela Inés Oesterheld (marcela), llegaron hasta el Banco Provincia de Monte Chingolo a ejecutar a un policía: Herculiano Ojeda. Pasan con el auto frente al banco, balean a Ojeda, que queda agonizando en la vereda. Rubén Mórtola detiene el auto. Estela Oesterheld baja con una bolsa con nafta. Rocía con nafta a Ojeda, que agoniza en la vereda, y lo quema vivo. Estela Inés Oesterheld tiene 25 años y es hija del creador de El Eternauta, sube al auto, pero antes de darse a la fuga, su sangre asesina le empuja un zarpazo final. Saca la ametralladora por la ventanilla y tira una ráfaga furiosa de balas. Juan Eduardo Barrios sale del banco con su mamá. Han ido a pagar la cuenta de luz, y caminan hacia el quiosco a comprar un helado. No llegan, porque una bala le atraviesa el intestino a Juan, y otras balas hieren a varias personas. Los médicos del hospital de Lanús fueron a buscar a la fábrica a Clotildo Barrios, por entonces, un joven operario metalúrgico… deben darle la noticia trágica: Han asesinado a su hijo de 3 años. Nunca los Barrios se sobrepusieron al dolor. Clotildo lo cuenta sin pompa esta noche en Buenos Aires, y las lágrimas le brotan a mares, y se hacen océano. Y digo océano, y recuerdo que al otro lado del Atlántico, Gelman está defendiendo a los asesinos de Juan con metáforas y mentiras. “Nunca nadie nos llamó”, susurra Clotildo Barrios entre lágrimas. “…a mí se fueron las ganas de todo. No quería levantarme a las 5 de la mañana para ir a trabajar, no le encontraba sentido a nada...” Todo esto dice Clotildo Barrios, de éste lado del océano y con la voz quebrada de dolor. Juan Gelman, del otro lado, no aprovecha la ocasión pomposa al recibir el Premio Cervantes de letras, para “abandonar su postura de poeta-mártir y asumir su responsabilidad como uno de los principales dirigentes de la dirección del movimiento armado Montoneros. Su responsabilidad fue directa en el asesinato de policías y militares…”, con estas palabras le reclamó sinceridad a Juan Gelman, Oscar del Barco, ex compañero de militancia, en una carta famosa. “Gelman debe confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad”, le dijo Oscar del Barco a Juan Gelman. Pero Gelman prefiere defender la barbarie y el terror con metáforas y mentiras. Y entonces, él también ha vuelto esta semana a matar a Juan Barrios, y ha vuelto a quemar vivo a Herculiano Ojeda. Gelman no lo roció con nafta a Ojeda, ni encendió el fósforo ni apretó el gatillo de la metra con que asesinaron a Juan Barrios. Pero lo que él defiende, sí. Y esa locura que yo no entiendo, me la explica Irene Villa González, quien a los 12 años perdió sus dos piernas en un atentado de la ETA. Ella asegura que los terroristas y sus defensores “necesitan ponerse en víctimas para justificar el terror, ellos son acusadores compulsivos, no tienen compasión, y están convencidos que su causa está por encima de las víctimas de su barbarie, piensan que el fin justifica los medios”. Gracias Irene, ahora entiendo.
Rubén Mórtola y Estela Oesterheld cayeron en combate en 1.977. Sus cuerpos fueron entregados a sus familias, y Martín, el hijo de ambos, fue entregado a su abuela. Así y todo, sus nombres están en el Parque de la Memoria mintiéndolos desaparecidos, y homenajeando la barbarie asesina de ambos.
Clotildo Barrios, solo, sigue luchando contra esos enormes “molinos del miento”.
Clotildo Isaac Barrios es el padre de Juan Eduardo Barrios. Apuesto a que usted no los conoce. Clotildo Barrios, también esta semana, pero lejos de la suntuosidad de Alcalá de Henares, contó su tragedia en una conferencia que ofrecieron varias Víctimas del Terrorismo de Argentina y de España, organizada por el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV). Su hijo, Juan Eduardo Barrios, a los 3 años de edad fue asesinado por miembros de la agrupación terrorista Montoneros. Ocurrió un 6 de diciembre de 1977. Ese día, cerca del mediodía, Rubén Mórtola (el vasco), y su esposa, Estela Inés Oesterheld (marcela), llegaron hasta el Banco Provincia de Monte Chingolo a ejecutar a un policía: Herculiano Ojeda. Pasan con el auto frente al banco, balean a Ojeda, que queda agonizando en la vereda. Rubén Mórtola detiene el auto. Estela Oesterheld baja con una bolsa con nafta. Rocía con nafta a Ojeda, que agoniza en la vereda, y lo quema vivo. Estela Inés Oesterheld tiene 25 años y es hija del creador de El Eternauta, sube al auto, pero antes de darse a la fuga, su sangre asesina le empuja un zarpazo final. Saca la ametralladora por la ventanilla y tira una ráfaga furiosa de balas. Juan Eduardo Barrios sale del banco con su mamá. Han ido a pagar la cuenta de luz, y caminan hacia el quiosco a comprar un helado. No llegan, porque una bala le atraviesa el intestino a Juan, y otras balas hieren a varias personas. Los médicos del hospital de Lanús fueron a buscar a la fábrica a Clotildo Barrios, por entonces, un joven operario metalúrgico… deben darle la noticia trágica: Han asesinado a su hijo de 3 años. Nunca los Barrios se sobrepusieron al dolor. Clotildo lo cuenta sin pompa esta noche en Buenos Aires, y las lágrimas le brotan a mares, y se hacen océano. Y digo océano, y recuerdo que al otro lado del Atlántico, Gelman está defendiendo a los asesinos de Juan con metáforas y mentiras. “Nunca nadie nos llamó”, susurra Clotildo Barrios entre lágrimas. “…a mí se fueron las ganas de todo. No quería levantarme a las 5 de la mañana para ir a trabajar, no le encontraba sentido a nada...” Todo esto dice Clotildo Barrios, de éste lado del océano y con la voz quebrada de dolor. Juan Gelman, del otro lado, no aprovecha la ocasión pomposa al recibir el Premio Cervantes de letras, para “abandonar su postura de poeta-mártir y asumir su responsabilidad como uno de los principales dirigentes de la dirección del movimiento armado Montoneros. Su responsabilidad fue directa en el asesinato de policías y militares…”, con estas palabras le reclamó sinceridad a Juan Gelman, Oscar del Barco, ex compañero de militancia, en una carta famosa. “Gelman debe confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad”, le dijo Oscar del Barco a Juan Gelman. Pero Gelman prefiere defender la barbarie y el terror con metáforas y mentiras. Y entonces, él también ha vuelto esta semana a matar a Juan Barrios, y ha vuelto a quemar vivo a Herculiano Ojeda. Gelman no lo roció con nafta a Ojeda, ni encendió el fósforo ni apretó el gatillo de la metra con que asesinaron a Juan Barrios. Pero lo que él defiende, sí. Y esa locura que yo no entiendo, me la explica Irene Villa González, quien a los 12 años perdió sus dos piernas en un atentado de la ETA. Ella asegura que los terroristas y sus defensores “necesitan ponerse en víctimas para justificar el terror, ellos son acusadores compulsivos, no tienen compasión, y están convencidos que su causa está por encima de las víctimas de su barbarie, piensan que el fin justifica los medios”. Gracias Irene, ahora entiendo.
Rubén Mórtola y Estela Oesterheld cayeron en combate en 1.977. Sus cuerpos fueron entregados a sus familias, y Martín, el hijo de ambos, fue entregado a su abuela. Así y todo, sus nombres están en el Parque de la Memoria mintiéndolos desaparecidos, y homenajeando la barbarie asesina de ambos.
Clotildo Barrios, solo, sigue luchando contra esos enormes “molinos del miento”.
