sábado, 3 de mayo de 2008

"Todo está guardado en la memoria..."

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ 2736

“Pero todas las cosas de la vida que han existido una vez, tienden a recrearse, y como un animal agonizante al que sacude de nuevo el sobresalto de una convulsión que parecía acabada…” (Marcel Proust – “Un amor de Swann”)

Estoy seguro: no podría vivir mi vida sin la carga incómoda de los recuerdos. Y el solo pensar que alguien pueda quitármelos con inhibidores en ciertas proteínas, me aterra.
Estoy convencido de que cada uno de nosotros estamos hechos, en gran parte nos guste o no, de recuerdos. No sé usted, estimado lector, pero a mí los recuerdos me…iba a poner aquí “me persiguen”, pero resulta que no, que la expresión mejor sería: “me acompañan”. Si, así está dicho mejor. A mi los recuerdos me acompañan allí donde yo voy. Y aunque muchas veces me incomodan, estoy mejor con ellos que sin ellos.
Tal vez el bicho raro soy yo, puede ser y me hago cargo. Pero lo cierto es que siempre ando acompañado de mis recuerdos, y conste que lo digo así, que es algo bien distinto a decir que uno anda con sus recuerdos “a cuestas”. Los buenos recuerdos, los muy buenos, los horribles y los intrascendentes, todos ellos andan conmigo caminando la vida. Y no puedo imaginarme sin ellos. Claro que muchas veces he pensado seriamente en borrar ciertas cosas de mi memoria. ¡Quién no lo ha pensado alguna vez! Sobre todo, para con algún trago amargo de un viejo amor ensombrecido. “Me gustaría borrarla de mi memoria…”. O para con alguna amistad defraudada, “ojalá no hubiera existido nunca…” Pero creo que uno dice esas cosas siempre, sin desearlas nunca.


NF – k B
Es casi el mediodía. Un mediodía destemplado de un otoño amigable. Estoy saliendo de la Biblioteca Nacional. En ese mamotreto gris diseñado por Clorindo Testa, calmo el vicio de hurgar viejas crónicas en la enorme hemeroteca del primer subsuelo. Y salgo a la calle, con esa desesperación que lo empuja a uno en las megas ciudades como Buenos Aires, esa desesperación inútil de querer llegar rápido, aunque uno no esté apurado. Pero es el semáforo de la esquina de la avenida Las Heras y Agüero, quien me dispara los recuerdos y me detiene el apuro inútil. Esperando allí para cruzar la avenida, di con una de las torres de la Iglesia San Agustín, que emerge apenas, ahogada en ese mar de cemento de tanto edificio apiñado. Primer recuerdo: Allí se casaron mis viejos, y allí fui muchas veces a misa, cuando estábamos de visita en lo de mis abuelos.
Y entonces el recuerdo, aquellas viejas fotos en blanco y negro con mis viejos muy jóvenes en el altar majestuoso de San Agustín. Y entonces esa sensación, parecida a una áspera caricia, la sensación extraña de las ausencias que uno endulza con el recuerdo.
Y ahí están entonces los recuerdos de aquél barrio, que era el mío durante unas pocas semanas del año. La rotisería, donde la señora regordeta de manos curtidas y delantal percudido nos regalaba siempre algo para probar mientras esperábamos la comida, es ahora una pulcra vinería. La peluquería donde mi abuela tenía cita obligada cada mañana de sábado, es ahora un cíber. Al quiosco de la esquina se lo devoraron los ladrillos de un edificio imponente. Nada es como entonces, y yo…mucho menos. Sin embargo, no me costó recordarme niño, caminando con mis tías hacia la calesita, allá, en las entrañas de la plaza sobre la avenida Pueyrredón, o recordarme corriendo con mis hermanos y mis primos, cuesta abajo por calle Agüero hasta Plaza Francia, enloquecidos atrás de una pelota.
Mis recuerdos me hacen parar luego frente al edificio donde vivieron mis abuelos. Juan María Gutiérrez 2736. Yo lo miro con ojos de niño pero con huesos de grande. Y la sensación es rara. El tercer piso está tal cual…los dos ventanales, la ventanita del baño. Y ahí estoy yo, corriendo por ese mismo balcón, pero en otro tiempo. Allí pasábamos horas mirado la calle asomados por entre los hierros de la baranda. Allí recibimos muchos años nuevos en familia, allí festejamos con cacerolas el mundial 78, desde ahí vimos mil tardes hacerse noche, entre juegos y charlas y mates.
El hombre que atiende el quiosco de diarios, me mira extrañado. Y como son tiempos de inseguridad, se me antoja que le debo una explicación… “ahí vivían mis abuelos”, le dije casi como disculpa señalando el balcón. El hombre sonrió como si me acompañara en el sentimiento. Entre él y yo, una discreta pila de diarios sin vender, descansa bajo el sol del mediodía. Miro los titulares y me sale una sonrisa: “Científicos argentinos han demostrado que es posible bloquear recuerdos asentados en la memoria”. No puedo menos que sonreír ante semejante casualidad. Y aunque los científicos buscan abrir el camino para tratamientos de “fobias o de estrés postraumáticos”, uno ya sabe hacia dónde pueden mutar este tipo de descubrimientos, en manos menos candorosas…los científicos argentinos descubrieron a través de experimentos con ratones, una proteína clave en los procesos cerebrales que se producen en la evocación de recuerdos. "Hallamos que una proteína, NF-kB, participa tanto en el proceso de consolidación como en el de reconsolidación de la memoria. Esta proteína regula la expresión de genes necesaria para almacenar la memoria a largo plazo. Pero si se inyecta en el cerebro un inhibidor de este mecanismo luego de que el recuerdo fue evocado, se afecta la retención. La inyección de inhibidores de esa proteína, permite alterar la capacidad de retención de los recuerdos evocados ", explica el doctor Arturo Romano, del Laboratorio de Neurobiología de la Memoria.
¡NF- kB!…supongo que una proteína importante en el proceso de reconsolidación de la memoria, se merece un nombre más poético.


TODO ESTÁ GUARDADO…
Diego Lobo es en mi recuerdo: “lobito”. No exagero si digo que hace 30 años que no lo veo. Desde el día que dejé San Lorenzo, y mi infancia. Pues bien, por estas cosas que tiene Internet, Diego encontró mi dirección, y me alegró la semana con una carta que es puro recuerdo. Y su carta me confirma que todos los recuerdos están ahí agazapados, esperando que alguien los encuentre y los traiga a nuestro encuentro. Diego me escribió lo que sigue, y yo lo leo con lágrimas en los ojos: “Realmente es una inmensa alegría volver a saber de ustedes. Forman parte de un lugar muy importante dentro de mis memorias. Inclusive sueño con tu familia muchas veces. No hace tanto soñé que venían en un auto oscuro que manejaba tu mamá. Recuerdos...también soy un nostálgico irremediable... existen escenas en remolino dentro de mi mente que no puedo borrar: un órgano Yamaha en el living de tu casa, una alfombra tablero de ajedrez con piezas gigantes en una habitación, el telematch, una escalera al patio, tardes de bicicleta y fútbol con tu hermano Pablo (usando un conjunto deportivo Adidas naranja y negro), nuestros gustos parecidos… la sonrisa infaltable de tu viejo, un taunus coupé que nos llevaba a algunos torneos de judo, una campera de Pablo con el número 14… ¡Qué recuerdos! Trabajo hace varios años en la administración de una empresa de montajes industriales en Pto. Gral. San Martín. Como vos, soy un romántico...En 2002 volví a casarme. Tengo 3 hijos: Jimena, Elías, y Thiago. Vivo en San Lorenzo, y, como vos, me la paso escribiendo en los tiempos que no tengo... Estoy feliz realmente. Son lo mejor de mi infancia, que es la base de mi vida. Gracias. Dios los bendiga!. Diego”
Alguien me dijo un día, que cada uno de nosotros somos lo que recordamos, más todo lo que los otros recuerdan de nosotros. Estoy convencido que sí.
Me gustaría que un día (en lugar de inhibidores de recuerdos, aplicados en proteínas de nombres insólitos), alguien descubra algo que nos anime los perdones. Y poder entonces, abrazarnos en un reencuentro definitivo, en este enorme sueño, que es la vida.

2 comentarios:

Claudio Carraud dijo...

Muy bueno. Los nostálgicos nos sentimos identificados.Un abrazo.
CC

Anónimo dijo...

Solo los que tienen memoria pueden escribir tan bien! Saluditos top!