
No sé que es lo que hace que imprevistamente me asalte un recuerdo.
Pero no digo un recuerdo común y corriente. Tampoco hablo de esos recuerdos recurrentes. Sino que digo, uno de esos recuerdos que eran olvido. Que no estaban. Bueno, que sí estaban pero que uno no sabía que estaban, hasta que...
Es domingo. Y es la tarde. Recién llego a casa. Afuera hace un frío de locos. Un hermoso frío de locos. El primer frío en serio después del verano. Anduve paseando, mirando cosas en las vidrieras atestadas de ofertas. Cosas que uno suele hacer los domingos por la tarde para ganarle a la depresión de la soledad. Y precisamente fue el frío quien me empujó hacia las entrañas tibias de una galería en la Avenida Cabildo. Yo me detuve a mirar unos cuadros modernos. Y estaba en eso de mirar los cuadros para encontrarles el sentido a los rayones de colores, cuando de repente, una melodía me acarició suavemente por la espalda. Pero la melodía es lo de menos. Sí, era una melodía hermosa, y sobre esa hermosa melodía se paseaba suavemente una letra de amor de esas que son imprescriptibles, cantada por una voz dulce, de esas que resultan inconfundibles. Pero lo que digo, es que la caricia de la melodía me trajo al instante ese recuerdo que era olvido. Fue algo mágico.
Y entonces yo la recordé. Y recordé que no había sido un sueño, sino que alguna vez fuimos dos y uno. Que muchas veces nos dormimos juntos soñando la mañana. Y nos despertamos abrazados, estrenando sueños y mañana.
Ah!, no fue un sueño. Fue real. ¡Fue mía!, y Dios sabe que sólo fui de ella. Sus besos tibios me abrigaron el regreso. El recuerdo de ellos, se entiende. Y me apuraron las palabras. Y me justificaron la dicha, en esta tarde triste y fría de domingo que se hace noche.
Pero no digo un recuerdo común y corriente. Tampoco hablo de esos recuerdos recurrentes. Sino que digo, uno de esos recuerdos que eran olvido. Que no estaban. Bueno, que sí estaban pero que uno no sabía que estaban, hasta que...
Es domingo. Y es la tarde. Recién llego a casa. Afuera hace un frío de locos. Un hermoso frío de locos. El primer frío en serio después del verano. Anduve paseando, mirando cosas en las vidrieras atestadas de ofertas. Cosas que uno suele hacer los domingos por la tarde para ganarle a la depresión de la soledad. Y precisamente fue el frío quien me empujó hacia las entrañas tibias de una galería en la Avenida Cabildo. Yo me detuve a mirar unos cuadros modernos. Y estaba en eso de mirar los cuadros para encontrarles el sentido a los rayones de colores, cuando de repente, una melodía me acarició suavemente por la espalda. Pero la melodía es lo de menos. Sí, era una melodía hermosa, y sobre esa hermosa melodía se paseaba suavemente una letra de amor de esas que son imprescriptibles, cantada por una voz dulce, de esas que resultan inconfundibles. Pero lo que digo, es que la caricia de la melodía me trajo al instante ese recuerdo que era olvido. Fue algo mágico.
Y entonces yo la recordé. Y recordé que no había sido un sueño, sino que alguna vez fuimos dos y uno. Que muchas veces nos dormimos juntos soñando la mañana. Y nos despertamos abrazados, estrenando sueños y mañana.
Ah!, no fue un sueño. Fue real. ¡Fue mía!, y Dios sabe que sólo fui de ella. Sus besos tibios me abrigaron el regreso. El recuerdo de ellos, se entiende. Y me apuraron las palabras. Y me justificaron la dicha, en esta tarde triste y fría de domingo que se hace noche.
5 comentarios:
Perdón...pero tengo que suprimir los comentarios con virus de los "jóvenes K", a los que se les paga para silenciar...
Abrazo
Horacio
CENSURA, QUE LE DICEN
Si usté lo dice!!!. jajaja
Abrazo
Horacio
SORETE, TE DEJO UN BELLO POEMA, UNA BELLA CANCIÓN. SABÉS, ESTO NO PODRÍA HABER SALIDO NUNCA DE LA CABEZA DE UN MILITAR O UN POLICÍA O UN FASCISTA, EN FIN.
ESTO ES ESCRIBIR.
José Agustín Goytisolo: la vida es bella
Palabras para Julia
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre solo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres.
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos
Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Hay un hombre en el mundo que escribe para su hija un texto para todos los hombres. Su hija Julia.
Pero eso no es todo: hay otra Julia -su madre muerta en un bombardeo franquista a la Barcelona de 1938- que está en esos versos que consagran la vida en todos los sentidos.
Un hombre que -como tantos- le regala sus ideas a su hija - madre y encuentra así un motivo para dárselas a sus semejantes.
Un hombre que era licenciado en derecho y escritor. O mejor dicho, era un poeta.
José Agustín Goytisolo escribió "Palabras para Julia" para su hija. Un hombre que aún estaba "en el camino", que pensó y pensando amó a su hija - madre y le dejó en unas palabras todas las intensidades: no se puede volver atrás, es mejor vivir en la alegría de los hombres, alguien solo no es nada, el destino está en la dignidad de todos, nunca entregarse ni apartarse, habrá amor y amigos, el mundo es el propio patrimonio: la vida es bella.
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MUCHOS Y FELICES JUICIOS, SORETE.
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