miércoles, 28 de noviembre de 2007

CON LA CABEZA GACHA




En esa cabeza gacha, está el peso insoportable de la conciencia.
¡Ay de los traidores!
Adentro, las entrañas se remueven mil veces por cada uno de los muertos que uno ha traicionado.
Uno agacha la cabeza. Luego esconde la mirada. Pero es inútil, desde adentro, el grito silencioso de los muertos que nos reclaman memoria, no se puede callar.
Ese es el momento preciso en que el cargo de la conciencia ha venido a saldar sus cuentas: Cuando nos damos cuenta que no podemos sostener la mirada.
Y ya es tarde.
Le pasó a Judas hace 2.000 años. Y él, hasta intentó devolver las monedas de plata, cuando las sintió bañadas con la sangre tibia. Ya era tarde. Agachó la cabeza, luego escondió la mirada. Y al final, el peso insoportable de la conciencia lo arrastró hasta el árbol y le puso la soga al cuello. La historia se encargó de su memoria. Hizo justicia.
¡Ay de los traidores que han traicionado a sus muertos! Que se han arrastrado cobardemente ante los asesinos de los suyos, o han vendido su memoria por 30 monedas de plata.
¡Ay, de los que han osado pisotear la memoria de los que dieron la vida, para que vivamos nosotros!
Primero agacharán la cabeza. Luego esconderán la mirada…pero al final, el peso insoportable de la conciencia los arrastrará hasta el árbol. El escarnio de los suyos le pondrá la soga al cuello. Los gritos de los muertos traicionados, harán el resto…