lunes, 25 de junio de 2007

UNA ETERNIDAD ENTRE DOS MUNDOS


“No hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia…”
(F. Dostoievsky – Los Hermanos Karamasov)


Me empeño en situar esta historia a mediados de los 70. Solo porque sospecho que yo tenía por entonces diez años. Desde entonces, esta historia se empeña en andar junto a mí, como un buen recuerdo de la infancia. Y como algo más.
Fue la primera vez que mis padres me dieron permiso para ir solo al cine. Y allá fui con Cristian Pafundi, un compañero de la escuela primaria. El cine se llamaba San Martín y estaba en Avenida San Martín. Redundancias entendibles en aquella ciudad sanmartiniana de San Lorenzo (ahí vivía por entonces), donde casi todo evocaba orgullosamente al creador del Regimiento de Granaderos a Caballo, que tuvo su bautismo de fuego junto al Convento que mira hacia ese Campo Glorioso, que se desbarranca abruptamente hacia río Paraná.
Hoy las redundancias en los pueblos y las ciudades rondan apellidos menos heroicos como Perón o Illia…y otros tantos “ilustres” que coparon calles y plazas a fuerza de decretos, tras haber sido desechados merecidamente (creo yo) por el bronce.
Pero me estoy yendo de tema. Decía que allá fui entonces con mi amigo, desandando primero el Boulevard Urquiza, y luego, la amplia Avenida San Martín.
Yo iba con la entrada en la mano, el corazón en la boca, y temblando, como una hoja más de aquél fresco otoño santafecino que acariciaba rudo, alargando su mano húmeda desde las entrañas del río.
Tampoco estoy seguro de que fuera otoño, pero casi todos mis recuerdos son otoño.
La misma ansiedad que apuraba mis pasos, se empecinada en alejarme el cine. Así y todo llegamos una eterna media hora antes de que empezara la película.
No tengo el recuerdo de haber sido yo quien eligiera la película, pero convengamos que en aquellos años, y en una ciudad pequeña, no había mucho margen para elegir… uno elegía, a lo sumo, ir o no al cine. Pero la película era “la que daban”. Y punto.
Confieso que nunca imaginé (cuando con los ojos desorbitados por la emoción, vi la primera imagen de la película) que aquella tarde me iba a enamorar como me enamoré.
Se apagaron las luces, ese momento lo recuerdo bien pues me estremecí de manera especial, sentí un abismo profundo y misterioso aquí, en el medio del pecho.
Sólo dos veces más en toda mi vida, volví a sentir un abismo parecido.
Melody Perkins (Tracy Hyde) sale de su casa con una muda de ropa vieja, baja las escaleras de su departamento humilde a toda carrera, corre al señor que en un carrito vende peces de colores por las calles. Compra uno, y luego lo libera en un pequeño estanque de la plaza. De fondo, los Bee Gees susurraban… “¿Quién es la niña en el marco de la ventana, / mirando caer la lluvia? / Melody, la vida no es como la lluvia, / tan solo es como un carrusel”
Nunca olvidé esa película, ni la cara de Melody que durante tantos años me robaba un profundo suspiro con solo recordarla. Bastaba ver su foto o imaginarla.
Mi amor por Melody fue un amor secreto, esos amores que uno nunca se animaba a confesar. Que uno lo amparaba con el silencio, por miedo a cualquier posible cargada de aquellos esmerados “demoledores de sueños” que nunca comprenderán el sentimiento hermosamente devastador de un amor platónico.
No voy a comentar la película, ni pretendo tampoco contagiarles sentimientos que son imposibles de transmitir cuando uno no los ha vivido. Solo quiero decirles, como pensando en voz alta, que aquella película tenía todo lo que uno sueña de chico cuando se enamora. Daniel y Melody se buscan, se encuentran, se escapan solos durante todo un día a la playa, y bajo la lluvia se juran amor eterno. Esa escena sí es genial.
En la soledad cómplice del cementerio, Melody le recrimina a Daniel ser la última en enterarse de que él la ama (“todos hablan de eso en el colegio”). Daniel no dice nada. Melody lee una lápida en la que un esposo “agradece 50 años de amor a su mujer fallecida”. Y dice Melody: ¿Cuánto es 50 años? Daniel piensa y dice: mmm…120 semestres, sin incluir vacaciones. ¿Me amarás tanto tiempo?, pregunta ella. Daniel solo asiente con la cabeza. No creo que lo hagas…, sentencia Melody. Claro… ya te amé una semana entera, ¿no?, contesta Daniel.
Y sí, a los diez años, una semana y toda la eternidad, son exactamente lo mismo.
Ahora sé lo que aquella tarde de otoño ni siquiera sospechaba. Ahora comprendo el abismo insondable entre esos dos mundos irreconciliables. El mundo de la infancia, que es de verdad. Y el mundo de “los grandes”. Que es de mentira.
Los actores principales de “Melody”, eran los niños estrella del cine inglés de aquél entonces (1.971). Mark Lester, el rubio niño bien, que se enamoraba de Melody; y Jack Wild, el rebelde sin causa, el típico niño atrapado en esos oscuros problemas familiares que moldean definitiva y desesperantemente su carácter. Y hasta su destino. Wild había estado nominado en 1.968, con sólo 16 años, al Oscar por su actuación en “Oliver”.
Daniel y Melody luchaban por defender esa verdad irrefutable que es el amor. Luchaban contra todos aquellos que se empeñaban en separarlos. Los profesores, y sus convenciones. Sus padres, que esgrimían las mismas excusas vanas que solemos esgrimir todos los padres. Y sus amigos, que no comprenden el amor, porque ni siquiera lo sospechan.
Ya de grande me enteré que mi secreto mejor guardado, aquél profundo amor inconfesado por Melody, era el secreto de toda una generación de chicos que nos hicimos hombres, mintiendo amor por actrices despampanantes.
Jack Wild, el rebelde Ornshaw de Melody, murió en marzo de 2006 víctima de un tumor en la boca. Tenía 53 atormentados años cuando perdió su batalla contra las adicciones del alcohol y el tabaco.
Mark Lester, el Daniel enamorado de Melody, dejó la actuación a los 19 años, y se dedicó a la medicina. Es osteópata (especialista en huesos).
Tracy Hyde, la hermosa Melody Perkins, fue modelo y actriz por poco tiempo. Hoy maneja una empresa familiar llamada "Starboarding Kennels", un hotel y clínica veterinaria especializada en gatos, perros y pájaros.
Cada año, productores de programas de varios países llegan puntualmente a la casa de ambos. Y tocan sus puertas exigiendo aquél reencuentro. Como quien exige la devolución de algo muy querido, que uno sospecha que le han llevado para siempre.
Tal vez sea la inocencia lo que intentan recuperar los productores, arrastrados por los fans cuarentones de aquella película inolvidable. Tal vez el recuerdo de aquél mundo ya inalcanzable (ahora incomprensible) de nuestra niñez. Quien sabe.
Lo cierto es que Marck y Tracy son quienes salen a la puerta y, curiosamente, acceden de buena gana. Una bella mujer madura y con arrugas, y un cincuentón de calvicie incipiente atienden el llamado. Nada queda ya en ellos, de Daniel y Melody. Y nosotros lo sabemos, pero insistimos cada año en tocar a sus puertas y exigir el reencuentro. Como si esperáramos que algún día, el conjuro de alentar los buenos recuerdos de nuestra infancia, funcione. Y nos lleve entonces hacia aquél mundo del que nos hemos alejado fatalmente, desde el momento en que viajamos a este mundo de la adultez…al que nos trajo ese abismo insalvable que algunos llaman tiempo. Y que yo sospecho, recién ahora, que es verdad. E irremediable. Como el amor.

LA GUERRA QUE OLVIDA GARRÉ




Pueblo de Tucumán, leí hace días atrás algo que quiero expresarles como símbolo de lo que siento por ustedes: se puede olvidar a quienes y con quienes uno haa reído, pero jamás se puede olvidar a quienes y con quienes uno ha llorado. Así será…»
(General Adel Edgardo Vilas – Diciembre 1975)
Dicen que los ojos son el espejo del alma. Tal vez por eso ella suele esquivar la mirada. Otros afirman que es la cara quien mejor la refleja. Tal vez por eso, a ella se le transformó en una mueca atroz, ante una pregunta sencilla. El hecho ocurrió en la siesta de un día martes de hace un par de semanas en el programa que Badía (que nunca supe si es Juan Alberto o Ramón) tiene en Canal 7. La señora que refiero es Nilda Garré, ex de Abal Medina, quién, como todos saben, es la actual Ministra de Defensa de esta Argentina indefensa. Bastó que un joven panelista, sin tapujos, tomara el micrófono y le preguntara a la Ministra «¿Qué sabía sobre cierto proyecto presentado en Diputados, que estudia la posibilidad de otorgarles una pensión a los soldados que combatieron en el Operativo Independencia?», en obvia alusión al triunfal Operativo que desarticuló a mediados de los 70, el incipiente foco guerrillero urbano y rural, en aquella provincia argentina, donde los terroristas buscaban crear una zona liberada a sangre y fuego. La señora hizo un silencio de muerte. O tal vez fue solo estupor, como si un soplo helado le hubiera recorrido la espalda. Dio un largo rodeo verbo…trágico, como preparando la respuesta. Sospecho que la maldijo. Y contestó: «Sí, sabemos que hay algún diputado que ha presentado ese proyecto, que no está impulsado por el Ministerio de Defensa, por supuesto, y entiendo que por ninguna otra área del Poder Ejecutivo. Y la verdad es que no entendemos cuál puede ser el motivo para que las personas que participaron del Operativo Independencia, puedan tener algún derecho a una especie de pensión…» Fue en este punto, cuando la Ministra estaba saliendo del paso sin muchas explicaciones, que otra joven panelista la interrumpió diciendo: «Quieren ser reconocidos como combatientes de guerra. Consideran que el Operativo Independencia fue un acto de guerra. ¿Cuál es la postura del Ministerio?». Entonces, al que se le desencajó la cara fue a Badía, como si temiera por su contrato en el canal estatal. La pregunta fue clara, fue concreta, y la Ministra contestó de la manera que uno espera: Cobardemente: «No, no, nosotros no avalamos dicho proyecto».
MEMORIA
Es curioso, pero una pregunta similar ya había contestado Nilda Garré, casualmente, en los años en que ahora ella y este gobierno se empeñan y se esmeran en recordar. ¡Leed!: «…a todo ello ha venido a sumarse, en las últimas horas, un atentado con explosivos contra el Comando General del Ejército (Montoneros) que agrega una nueva lista de víctimas de esta guerra boba en la que todos parecemos estar atrapados… Me resisto a creer… que estas instituciones… no puedan dar una contribución positiva y eficaz en esta guerra dramática…Yo me resisto a creer que los legisladores nacionales… no podamos coadyuvar con los demás poderes del estado en una acción enérgica, comprometida y solidaria para terminar con estos enemigos que, por izquierda o por derecha, nos someten a una guerra que no queremos y hemos rechazado reiteradamente…» Esta fue la respuesta que en 1975 dio Nilda Garré de Abal Medina, cuando era diputada del Partido Justicialista en el gobierno de Isabel Perón. Claro que por entonces, las «papas» quemaban. Y los terroristas como su cuñado Abal Medina, mataban a diestra y siniestra. Extraño es, que el mismo gobierno y las mismas personas que reivindican Memoria y Verdad y Justicia en cada recodo de la historia, olviden su propia historia, o intenten rescribirla con mentiras. ¿Acaso nadie, de todo este gobierno «peronista», recuerda aquél decreto que el 5 de febrero de 1975, el gobierno peronista de la viuda del General, redactó para dar comienzo a las Operaciones Militares en la Provincia de Tucumán? Me refiero al Decreto 261, que comenzaba así: «Visto: Las actividades que elementos subversivos desarrollan en la Provincia de Tucumán y la necesidad de adoptar medidas adecuadas para su erradicación, La Presidente de la Nación Argentina , en acuerdo General de Ministros, Decreta. Artículo 1: El comando General del Ejército procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y / o aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la Provincia de Tucumán…». Entonces uno, que se traga el sapo de que este es un gobierno peronista, dice. ¡La pucha!, nos piden Memoria, y nos gritan Verdad, pero no recuerdan sus propias palabras, ni la historia de su propio partido. Entonces, uno conjetura. Y a decir verdad, a mí me han cansado con tanta Mentira de Historias falseadas. Y me revuelve las entrañas escuchar a la actual Ministra Garré, entonces diputada, decir muy suelta de cuerpo: que «no entiende cuál puede ser el motivo para que las personas que participaron del Operativo Independencia, puedan tener algún derecho a una especie de pensión…» ¿Cómo no entiende? ¿No recuerda? ¿Pretende tomarnos el pelo? Tal vez al leer sus propias palabras, que este mes ha publicado la Revista B1, le devuelvan a la Ministra la memoria que se empeña en olvidar. Y si no, entonces tal vez estos números le refresquen también la memoria a la señora: Sólo en la primera fase de la Operación Independencia, en 1975, se registraron 37 combates, fueron destruidos 58 campamentos guerrilleros, y en los enfrentamientos murieron 160 combatientes del Ejército Revolucionario del Pueblo y 53 miembros de las fuerzas que dieron sus vidas para defender la Democracia. Y por si aún le quedan dudas, puede ojear los más de 50 Partes de Guerra que en Tucumán emitieron las organizaciones subversivas. Números y datos, de la Guerra que olvida Garré, vaya a saber por qué.
HOY COMO AYER
Y mientras el gobierno y sus aliados en esto de los Derechos Humanos (de algunos derechos para algunos humanos) están empeñados en rescribir la historia de los 70 de manera antojadiza, cosas graves suceden en Argentina. Idénticas a las de entonces. El sargento de la Policía bonaerense Hernán Clemente Bértola de 41 años y padre de 4 hijos, fue asesinado esta semana cuando volvía a su casa, luego de haber prestado 2 servicios adicionales en canchas de fútbol. Subió al colectivo, y un delincuente lo ejecutó por el solo hecho de llevar puesto su uniforme policial. Horas más tarde, el oficial de la policía bonaerense Luciano Flores, de 24 años, se convirtió en el segundo policía bonaerense asesinado en una semana. Y el sexto en lo que va del año. Flores acompañó a un amigo a comprar mercadería. Entraron dos hombres armados, redujeron a la gente, y cuando los asaltantes revisaron el bolso de Flores y le encontraron su arma reglamentaria, sin decir una palabra lo ejecutaron con disparo en la cabeza. ¿Por qué?…porque era policía. Nadie de este gobierno se alarmó ante estos fusilamientos. Pero a los que gustamos leer la historia, y recordar con Memoria Completa, nos asusta saber que así mataban en Argentina, los terroristas en los años 70. A quemarropa y porque sí. Para escalar rango en las «Orgas». ¿También habrán olvidado esto? ¿O será acaso un mecanismo inconsciente, como para aliviar la culpa de tanta muerte en la espalda? Me dan asco.